«Fortalece tu matrimonio a través de las redes sociales»


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Mateo no era una persona especialmente expresiva o risueña, más bien solía permanecer indiferente ante muchas situaciones y, quizás por ello, le era tan difícil encontrar pareja. Pero un día, Sofía se cruzó en su vida y le aportó todo aquello que tanta falta le hacía. Desde entonces su vida cambió: desarrolló una actitud más abierta hacia los demás, e incluso su carácter se volvió mucho más carismático. Sofía era una mujer extrovertida, alegre, guapa, feliz y muy habladora. Y toda esa energía inundó cada poro de su piel obligándolo a salir un poco de su insulsa zona de confort. Todos los miércoles por la tarde, Mateo acompañaba a Sofía a un voluntariado donde ayudaban a las personas mayores a realizar distintos trámites, a veces, iban a hacerles compañía en sus respectivas casas o realizaban algunas actividades de ocio. Los lunes, jueves y sábados iban al gimnasio (algo que a Mateo le hacía falta y que nunca había hecho por su cuenta porque le daba pereza ir solo). Luego, los martes y los viernes iban a bailar reguetón, y muchos domingos quedaban con los amigos de Sofía para ir de excursión. Y, aunque pasar de una intensa monotonía a un ritmo tan frenético nos pueda hacer pensar que quizás era demasiado para nuestro protagonista, en realidad, Mateo estaba verdaderamente encantado.

Sólo había un problema que hacía tambalear aquella perfecta relación y era que Sofía, como ya os dije antes, no paraba de hablar. Desde que se levantaba por la mañana hasta que se acostaba por la noche era una auténtica fábrica de producción de un vocabulario tan elocuente, que lo iba escupiendo por su boca al igual que el humo incesante de una antigua locomotora de carbón viajando a toda potencia y sin control. Hablaba con una voz firme y tan deprisa, que atrapaba a la gente que pasaba a su alrededor como si fueran moscas, pegadas a su oratoria como si ésta fuera una enorme tela de araña. Pero eso no era todo, porque seguía hablando en el gimnasio, con la gente mayor, con sus amigos y amigas, hablaba hasta cuando bailaba, mientras Mateo se esforzaba por seguir el ritmo de la música y no tropezar con sus propios pasos; hablaba en el cine, en el teatro, en la iglesia… Y Mateo no sabía cómo decirle que callara de una vez porque le iba a explotar la cabeza en cualquier momento.

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Finalmente, un día se armó de valor y le pidió por favor que se callara un poco, que necesitaba algo de silencio y de paz mental para poder descansar; y ella, le dio la razón. Sólo que estuvo dos horas diciéndole cuánta razón tenía: que era algo innato en ella, que no se daba cuenta y que no sabía cómo frenar su impulso de contar todas las cosas que le pasaban, que todo ello le surgía de forma inconsciente, como si estuviera poseída por algo o alguien que la hiciera hablar de ese modo sin parar... Y, cuando vio a Mateo medio desmayado en el sofá del comedor con su cabeza cubierta por varios cojines, no pudo evitar echarse a reír a pleno pulmón. Al día siguiente, Sofía contó a todo el mundo la divertida situación que había vivido junto a su pareja. Una vez. Y otra. Y otra vez más. Hasta que todo el vecindario comenzó a hablar de Mateo como el «pobre Mateo», «qué paciencia debe tener»...

«Mateo era consciente que aquello podía terminar con su relación de forma fulminante.»

Él amaba a Sofía, pero no podía evitar que su voz se clavara como un puñal en su cerebro. Tan intenso era el dolor, que incluso la oía hablar en sus sueños. Daba igual lo que soñara, ya podía estar en un placentero viaje por la ciudad de Nueva York o en mitad de la selva, siendo torturado por unos salvajes caníbales, que él siempre oía aquella voz en off de fondo, retumbando en su mente y haciendo que todo su ser se estremeciera con un enorme sufrimiento.

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Preocupado por todo aquello, Mateo fue a visitar a un psicólogo. El doctor Villalba, tras escucharle atentamente, le dijo que su mujer padecía un egocentrismo abrumador, muy difícil de tratar. Le aconsejó intentar hablar con ella de nuevo, insistir un poco y, por si no funcionaba, le recetó un cajón entero de medicamentos que, al menos, lograrían dejarle medio inconsciente durante toda la noche y parte del día siguiente… En caso de gravedad le susurró al oído, como aquel que no dice gran cosa, que hiciera el favor de divorciarse y alejarse de ella lo antes posible.

Mateo no salió de la consulta del doctor demasiado convencido. Abatido, se sentó en una plaza, sacó su teléfono móvil y se sumergió en una avalancha de vídeos de Tik Tok. En algunos de ellos podía seguir oyendo la voz de su pareja revoloteando por toda su cabeza. Media hora después se dio cuenta que debía volver a casa. Ya hacía dos años que él y Sofía vivían juntos y todo era perfecto, menos por esa cháchara que lo atormentaba sin cesar. Y entonces, fue cuando se dio cuenta de que quizás, y sólo quizás, podría haber un rayo de esperanza para él.

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Recordó que Sofía tenía Instagram pero que apenas lo usaba. Solía subir alguna fotografía cuando iban de excursión, pero no le daba mucha importancia a las redes sociales. Decía que aquello era perder el tiempo y, como siempre estaba ocupada haciendo una cosa u otra… Así que Mateo decidió por primera vez hacer algo por sí mismo y pasar a la acción. Se dirigió a una tienda y compró un móvil de última generación, un soporte, un buen estabilizador, un trípode flexible, una batería de gran capacidad y un anillo de luz. ¡Nunca se había gastado tanto dinero en un mismo día! Luego, escondió todo el material en un lugar seguro y esperó a que llegara el día del cumpleaños de Sofía.

—¿Qué es todo esto, cariño? —le dijo el día en que Sofía cumplió 26 años. —¿Te has vuelto loco?

Ahora empezaba la parte más difícil del plan: convencerla. Mateo hizo un colosal esfuerzo para contarle a Sofía que sin duda ella era la mujer de su vida, pero que estaba desaprovechando todo su talento sin apenas darse cuenta.

—¿Qué talento, Mateo? —decía ella intrigada.

Le contó que ella era una mujer increíble: lista, atractiva, muy inteligente; que tenía un don, el don de hablar, de comunicarse con los demás, y que era injusto que ella misma se negara a utilizar todas aquellas cualidades.

—Pero, ¿de qué hablas? —dijo—. ¡Si todo el día estoy de parloteo y no me callo ni bajo el agua!

Le dio la razón. Pero la instigó a darse cuenta de que todo lo que decía podía llegar a muchas más personas. Que aquello que contaba le podía interesar a mucha gente. Así que (y he aquí la parte más crucial de la historia), ¿por qué no publicar toda esa sabiduría a través de las redes sociales?

—Mateo, ¿te has vuelto loco? —le dijo—. Esta mañana, he estado más de dos horas hablando con la jefa de administración de la empresa en la que trabajo contándole cómo saqué tu calcetín extraviado del fondo del tambor de la lavadora con una peineta. ¿Acaso crees que a alguien le puede interesar algo así?

Entonces le preguntó cómo reaccionó su jefa y ella respondió que estuvo toda la mañana tronchándose de risa sin poder parar. Y Mateo le dijo que sin duda esa anécdota la había hecho feliz. Y ella respondió que sí. Y Mateo le preguntó por qué no hacer feliz a más personas. Y ella, de pronto, dejó de hablar. Y Mateo sabía que si Sofía dejaba de hablar era porque había tocado una fibra sensible en ella, pero que muy sensible. Así que, del mismo modo que un boxeador sigue golpeando cuando ve a su contrincante en una situación de desventaja, Mateo siguió preguntando: «¿Por qué no hacer feliz entonces a todo el mundo? ¿Por qué no ayudas a los demás con tus consejos? ¡Tú sabes muchas cosas! ¿Por qué no abrirte al mundo de una vez por todas?» Y, con cada «por qué», Sofía recibía un fuerte impacto en su cabeza sin que ella misma se diera cuenta, descubriendo poco a poco un mundo que siempre había querido ignorar hasta aquel momento. Si era cierto lo que le había dicho el doctor Villalba, que Sofía era una persona muy egocéntrica: muy suya, muy de presumir, de ser siempre el centro de atención… caería sin duda en la trampa como aquel niño que persigue a lo loco una bolsa de caramelos.

«Y cayó, ¡vaya si cayó!»

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Sofía no tardó en abrir una cuenta en Youtube y otra en Tik Tok. Mejoró su cuenta de Instagram y comenzó a subir fotografías y vídeos sin parar. Se dio cuenta de que si quería hacerlo bien, debía implicarse a fondo. Así que comenzó a escribir guiones para que su contenido fuera de la mayor calidad posible. Publicaba cada día con frecuencia. Daba igual lo que fuera, cualquier cosa la motivaba y le parecía interesante para contarlo en las redes sociales. Solía responder a los comentarios de los demás, y conforme ganaba seguidores iba haciendo menciones. En unos meses sus vídeos se hicieron famosos y parecían interesar a todo el mundo. El vídeo del calcetín extraviado tuvo más de veinte millones de visualizaciones y, desde aquel día, comenzamos a recibir cajas de calcetines de diferentes marcas en nuestra casa para que ella les hiciera publicidad. Mateo estaba un poco desconcertado al principio, incluso pensó que había provocado un huracán de dimensiones tan grandes que podía llegar a descontrolarse. Pero lo cierto, era que Sofía tenía tanto trabajo que cuando llegaba a casa estaba exhausta. Había días que llevaba más de nueve horas sin parar de hablar y, cuando llegaba por la noche y Mateo le preguntaba qué tal le había ido la jornada, ella se quedaba frita durmiendo en el sofá.

En unos meses, Sofía pasó de tener 20 seguidores en Instagram a más de 30 millones. Y algo parecido le sucedió con las otras redes sociales...

«Sofía era cada día más y más feliz»

Todo el mundo hablaba de ella, así que se sentía el centro del universo instruyendo a todos con su enorme conocimiento y sus «cosas» (o eso era lo que ella creía). Le estaba tan agradecida a Mateo… Y, al mismo tiempo, Mateo logró silenciar por fin su voz cada vez que estaba con ella. Cuando salían de excursión antes no paraba de hablar: «mira qué flor más hermosa...», «mira esa torre, sus ventanas, su puerta principal...», «el señor que va con la mochila roja es el nieto de Juan, hijo de Pedro, que se casó la semana pasada con Luisa, hija del charcutero de la calle Remedios...»; ahora, posaba al lado del campanario frente a su móvil y mientras hablaba con todos sus seguidores, Mateo contemplaba plácidamente las mariposas… Antes, cuando bailaban, ella no paraba de hablar: «esa mujer baila como una foca», «el nuevo baila igual que un pingüino andando fuera del agua»; ahora, estaba tan pendiente de que el vídeo quedara bien que apenas decía nada. Y, sobre todo, llegaba tan rendida a casa por la noche que Mateo pudo por fin tener un momento de soledad para él y comenzar a leer un poco.

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Tres años después se casaron, y Sofía estuvo tres años más contando a todo el mundo cómo había ido la boda mientras Mateo tomaba el sol y leía a Tolstói. Habían encontrado esa estabilidad entre ellos y su matrimonio duró para siempre. Y es que encontrar a la pareja perfecta es algo tremendamente difícil. Muchas veces debemos hacer el esfuerzo para adaptarnos a ella, y muchas otras debemos empujarla hacia el precipicio con el fin de que nos deje algo de espacio y no muramos ahogados a causa de tanto narcicismo.

Esta historia sucedió al cabo de unos años de haber salido al mercado las aplicaciones para móviles que os he mencionado. La voz se propagó velozmente por todo el mundo, y fueron muchas las personas que comenzaron a utilizar la conocida «técnica Mateo» con sus parejas. El problema es que, hay tantas, tantas personas en el mundo que son vanidosas, egocéntricas y que sólo piensan en sí mismas, que la situación se ha desmadrado del todo y ya no hay vuelta atrás. Incluso hay parejas que no se hablan entre sí y sólo lo hacen a través de las redes sociales. Parejas que van a tomarse un café en una terraza y se pasan una hora haciendo Reels y Stories para sus seguidores. Que se mandan un WhatsApp para preguntarse cosas como: «Cariño, ¿te has tomado ya el café? Qué te parece, ¿nos vamos ya a casa?». Hoy en día, la «técnica Mateo» lo ha invadido todo: nuestra sociedad, nuestros cuerpos y nuestras almas; y ya no nos queda nada.




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Sonia del Valle
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◉ Periodista — Sociedad

En febrero de 2024, BambúHueco filtró informes privados de nuestra propia psicóloga Julia Kohand (podéis leer uno de los artículos publicados por Benito Luna titulado: «¡Impresionante declaración de un paciente a su psicóloga!»). El revuelo que se formó en nuestra propia editorial fue importante, ya que muchos de nosotros somos pacientes suyos. Por suerte, la cosa no llegó a más...

Todo aquello me hizo reflexionar sobre la fragilidad de nuestras propias vidas y me pregunté si no habría habido más filtraciones por parte de otros psicólogos y, tras un mes entera de investigación, di con el increíble caso de Mateo. Un claro ejemplo de como nuestra sociedad está cambiando.

Son muchos los expertos que nos hablan despectivamente de las redes sociales, pero según nuestra psicóloga Julia Kohand: «siempre hay excepciones». ¿Podría ser la llamada «técnica Mateo» una de ellas?