— Halloween —

Cuentan que los pueblos celtas celebraban la llegada del nuevo año alrededor de sus hogueras, disfrazados todos ellos con máscaras que simbolizaban algún tipo de animal. A partir de entonces, las noches iban a ser más cortas y cada vez más frías. Era el momento, según ellos, donde los espíritus y las hadas, así como los demonios y algún que otro ser excepcional, salían al exterior y deambulaban hasta lograr cruzar la frontera del más allá. Durante el imperio romano esta tradición se cristianizó, y comenzó a llamarse «la víspera de Todos los Santos». Pero, con el tiempo, fueron los emigrantes europeos quienes al llegar a América la convirtieron en lo que hoy en día conocemos con el nombre de «Halloween», la noche del horror.
A mí no me gusta esta fiesta, la odio, pero no puedo hacer nada por evitarla. La encuentro inútil, con poca gracia y con una falta de respeto hacia los demás, hecho que perturba cada año mi paz interior. Aunque desde inicios de septiembre la ciudad ya había comenzado a teñirse de naranja, por desgracia mía, llegó el momento de celebrarla. Un año más, la ciudad entera se había convertido en un auténtico escenario de una clásica película de terror (detesto ese género): llena de telarañas, de velas en los balcones, de horrendos carteles colgados en los ventanales con la intención de ahuyentar a todo el vecindario... Había manchas de sangre en algunas fachadas y espantosos grafitis que representaban el sufrimiento de nuestros antepasados instantes antes de morir. ¿Qué sentido tenía todo aquello? ¿Cómo podía haber gente que disfrutara con todas esas cosas? En los recovecos más inverosímiles se habían colocado estratégicamente horribles figuras, siluetas que parecían moverse y voces que se oían a lo lejos sin poder llegar a conocer su auténtica procedencia. Vaya, ¡que si ibas a tomar algo aquella noche te ibas dando sustos a tutiplén! Los jardines, sin que apenas uno se hubiera dado cuenta de ello, se habían convertido en pequeños cementerios vivientes con grandes cruces de madera que habían sido hundidas a golpes sobre la tierra, con calabazas sonrientes esparcidas por todo el lugar con su característica vela interior. ¡Qué horror!
Los padres, ansiosos por celebrar también ellos su propia fiesta, no tardaron en dejar que sus hijos salieran disfrazados a las calles para proceder al absurdo y tradicional «truco o trato», llamando puerta por puerta y asustando a los vecinos que, como yo, intentábamos cenar con calma, leer un poco y acostarnos temprano. Era la noche de los vampiros, de los zombies, de los sustos continuos, de las pastelerías llenas de gente comprando el producto tradicional a precio de oro…
Por suerte, esta mañana me he despertado y todo había vuelto a la normalidad. He desayunado con calma mientras escuchaba plácidamente las noticias: hace dos días que murieron centenares de personas inocentes en la guerra de Ucrania ¿te lo puedes imaginar? Nada en comparación con los miles que han fallecido esta misma noche en la guerra de Israel y el norte de Gaza. He visto las imágenes, todas: cuerpos carbonizados, edificios derruidos, gente desesperada pidiendo ayuda a gritos… Las calles están llenas de cadáveres y hay mucha gente herida, ensangrentada… Europa ha dicho que les ayudará, pero todos sabemos de sobras que eso es mentira. Luego han dicho lo del cambio climático, que posiblemente tengamos que emigrar a otro país por falta de agua y las altas temperaturas que vamos a tener en verano. Además, parece que hay un nuevo virus en el aire. Que los hospitales están llenos de enfermos...
He salido a comprar un poco de aceite y el corazón me ha dado un vuelco. Mi vecina me ha contado que el otro día, un chico de trece años violó a su nieta de diez. Resulta que la nieta no es una santa, ya que, con la ayuda de una inteligencia artificial, publicó un vídeo pornográfico con el rostro del crío que posteriormente la violó. ¿Dónde vamos a llegar? Esta mañana los padres ya vuelven a controlar a sus hijos con el teléfono móvil, y estos les toman el pelo con el mismo. Otra sorpresa al ir a comprar el pan: hoy cuesta el triple. Y me han subido la hipoteca doscientos euros sin más. Caramba, ¡cómo está el mundo…! ¡A ver si arreglan ya las aceras de mi barrio que dan pena! Y, con el cambio de hora, como no enciendan las luces a partir de las seis de la tarde, (que dicen que no lo hacen para ahorrar), ¡tendremos que ir todos con linternas!
Por fin, llego de nuevo a casa. Me siento en el sofá. La luz tenue del sol se cuela distraídamente por la ventana. Cojo el libro de Thomas Childers que tengo sobre la mesa y me dispongo a abstraerme un poco. Odio la fiesta de Halloween. Definitivamete. Y todo lo que esté relacionado con ella.