— Café con leche —

Aquel día del mes de octubre entré como siempre en el bar «Barlow» para tomarme mi matutino café con leche. El propietario del local estaba de buen humor. Le pedí que me lo preparara y, unos minutos después, el camarero venía a mi mesa y me lo dejaba en un rincón. Le di las gracias. Doblé el periódico que había comenzado a leer, acerqué la taza, y contemplé el enorme corazón de espuma que había dibujado en su superficie. Sin duda, una magnífica obra de arte. Por desgracia no tenía tiempo para deleitarme con todo aquello... Quería saborear mi café con leche con total tranquilidad antes de ir a trabajar. Así que cogí el sobre de azúcar, lo abrí y esparcí su contenido por encima.
Tomé la cuchara y empecé a remover, primero con calma y luego a más velocidad. El corazón desapareció al instante dándome la extraña sensación de que el nivel de espuma había aumentado su volumen. Luego, deposité la cuchara en el borde del plato, agarré la taza por el asa y me la acerqué a mis labios para poder degustar todo su contenido. Cuando la volví a dejar sobre el plato todavía no había probado el café con leche, mientras que mis labios se hallaban completamente empapados de espuma.
Empecé a mosquearme. ¡Cada día igual! Desconozco quién fue el gracioso que se le ocurrió comenzar a poner espuma en todas las tazas de café con leche y hacer dibujitos graciosos en ellas, pero, desde luego, yo no congeniaba mucho con sus ideas… Me limpié la boca. Volví a coger la cuchara, a mezclar de nuevo su contenido, a tomar la taza por el asa y a dar otro pequeño sorbo. Nada. Un niño que había en la mesa contigua se puso a reír a plena carcajada al ver cómo tenía de nuevo la boca llena de la maldita espuma.
Eso me molestó aún más. El corazón empezó a latirme con más fuerza. A lo lejos, el propietario del local volvió a saludarme y yo, inútil de mí, le devolví el saludo con una amplia sonrisa espumosa. ¡Maldita sea! ¡Siempre lo mismo! Volví a limpiarme, cogí la cuchara, recogí con ella un poco de espuma y me la comí de un bocado. Luego, repetí la misma operación, una y otra vez... Cuando la espuma había desaparecido ya casi por completo del interior de la taza, pude apreciar un cierto sabor a café. Me alegré, pero la alegría duró poco porque, como iba sospechando, la taza había quedado prácticamente vacía.
Estaba enfadado, molesto, porque había pedido un café con leche y sólo había tragado espuma hasta entonces. Agarré la taza con una mano, como si se tratara de una copa de whisky, la levanté, me la llevé a los labios y tragué todo su contenido de golpe. Era el único trago de café con leche que iba a probar esa mañana... ¡Ya estaba harto! Decidí levantarme, acercarme al propietario del bar y pegarle una bronca de las buenas. ¿Qué se había creído? Pero entonces, justo cuando iba a hacerlo, descubrí otro pequeño sobre situado en el otro extremo del plato. Claro, pensé, ya no me acordaba... Se trataba de una galletita de chocolate negro que estaba de muerte.
Furioso, pero algo más complacido, cogí el sobre y lo abrí. Tomé la frágil galleta entre mis dedos y la deposité sobre mi lengua con suavidad. Luego, cerré la boca despacio y comencé a saborear el chocolate sintiendo como la galletita se deshacía poco a poco. Cerré los ojos para disfrutar de aquel momento y la explosión de dulzor me recompensó enormemente.
Miré el reloj. Era tarde. Así que me acerqué a la barra, pagué los seis euros con cincuenta céntimos que valía el café con leche y me fui corriendo a trabajar. Ya por el camino, me acordé de que debía echarle la bronca al propietario del bar. Igual que lo había pensado ayer, y anteayer, y durante los quince años que llevaba yendo a ese maldito sitio. Mañana se lo diría, pero... ¿y si luego el propietario se enfadaba conmigo y dejaba, el muy cretino, de darme la fantástica galleta de chocolate? Bueno, mañana será otro día, pensé. Y el propietario del bar siguió comprando esas dulces galletitas a 0,5 céntimos la unidad durante mucho tiempo más...