— Los ignorantes —

El otro día, mientras paseaba plácidamente por la calle, me encontré con un viejo conocido. El pobre hombre había envejecido mucho con el paso del tiempo: andaba con la mirada pegada al suelo y la espalda encorvada, mientras su frágil mano derecha se aferraba con cierta inseguridad a un simple bastón de madera. Tras saludarnos, mantuvimos una cordial conversación durante unos escasos minutos y al despedirnos, el hombre me dijo: «ve, pasa tú adelante, que tu vas deprisa y mi paso ya no llega a alcanzarte». Así que me marché de allí con paso firme y con aquel sabor extraño que te deja un comida de dudosa reputación en el paladar.
Pero conforme me iba alejando más de él, más vueltas iba dándole a la idea del paso del tiempo y de cómo éste nos afecta a todos sin excepción. Recordé a aquel hombre cuando era joven, con aquel carácter temerario que lo empujaba de manera inconsciente a hacer auténticas calamidades; era fuerte, ágil... Corría tan deprisa que saltaba sobre las vías del tren asustando a todos quienes le observaban bajo el riesgo de ser atropellado, pero él ni siquiera se inmutaba. Más tarde se aficionó a los coches y se volvió adicto a la velocidad, conduciendo como un verdadero lunático. Finalmente, se hizo banquero y los primeros años fue un verdadero ejemplo a seguir, hasta que el dinero le nubló la razón y empezó a arruinar a familias enteras en beneficio del propio banco (y del suyo, claro). Su vida se fue tambaleando, llenándose de pros y contras hasta que conoció a Julia, una bellísima mujer con el pelo liso, de piel morena, unos deslumbrantes ojos y un carácter que enamoraba a cualquiera. Se casó con ella, tuvo tres hijos, y veinte años después se divorció porque descubrió que le era infiel con otro hombre. Con el paso del tiempo sus hijos crecieron y pronto se fueron de aquel nido errático que los acogía de mala gana para vivir sus propias vidas lejos de allí. Desde entonces, aquel trozo de hombre malherido fue marchitándose poco a poco hasta llegar al más profundo vacío. No volvió a casarse, ni a correr, ni a andar deprisa... Ahora, a sus 73 años de edad y plenamente jubilado, su alma andaba extraviada por las calles de su ciudad al igual que las hojas secas y marchitas que vagan sin rumbo fijo en pleno otoño.
Cada vez me encontraba más lejos de él, pero no podía dejar de pensar en cómo había transcurrido toda su vida y en la propia ignorancia del ser humano. De lo poco que sabemos cuando nacemos y del escaso tiempo que dedicamos a escuchar a los que tienen cierto conocimiento. De cuántas personas van por el mundo con la cabeza en alto sin apenas darse cuenta de que la vida es mucho más que la prepotencia de uno mismo. ¡Cuántas personas suelen decir al final de ésta que si lo hubieran sabido: «cuántas cosas cambiarían»! Pero llega un día en que ya es demasiado tarde y sólo les queda andar, arrastrando su mirada sin vergüenza y pisándola sin pesar, sujetando un bastón de feria que tiembla más que apoya y cubriendo su rostro por si alguien los reconoce; ya que, si alguien lo hace, que al menos lo haga por lo que son ahora y no por lo que refleja su sombra.
Pero, pensándolo bien, todavía hay otra pena más profunda que permanece oculta en los recovecos de nuestra sociedad. Una pena que ahoga los pensamientos, que los retuerce sin piedad y que hunde a la persona en las turbias aguas del océano. Una pena llena de dudas e inseguridad que genera una cruel agonía hasta que uno ve por fin la claridad. Porque si hay un camino para poder salir de la ignorancia de uno mismo es sin duda alguna este: golpear las dudas con la fuerza de tu voluntad. Sólo así, con el tiempo, uno logra descubrir esos destellos de realidad capaces de cambiar su vida y la de los demás. Sólo el esfuerzo y la constancia por superarse a uno mismo hacen que el ser humano adquiera un verdadero conocimiento, que pueda aplicarlo y sea capaz de enseñarlo a las futuras generaciones para que estos sigan elaborando, a base de empeño y tenacidad, un futuro mejor. Pero cuando es la misma sociedad la que no quiere escuchar ni reflexionar, cuando el dinero, la codicia y el ego se imponen por encima del pensamiento crítico y del propio ser humano, la ignorancia aflora y enmudece al sabio a quien sólo le aguarda callar.
Reduzco la velocidad y mi paso se hace más lento. Sin disimular, giro mi cuello para poder mirar hacia atrás. Me detengo. Entorno la mirada y discierno un punto negro a lo lejos: es aquel miserable que no puede evitar llegar a olvidarse a sí mismo... Así que pienso de nuevo en lo que llegó a ser y en lo que se ha convertido con el paso del tiempo: en ese difuminado punto negro, que lentamente se va desvaneciendo.
Finalmente llego a mi casa y saludo a mi esposa, la beso en los labios y le digo cuánto la quiero. Hace años que nos casamos y nuestro amor parece haber echado buenas raíces; sin duda, es una mujer encantadora. Mientras me dirijo al comedor, siento que el beso de mi esposa no ha logrado eliminar del todo aquel gusto amargo que todavía persiste por el encuentro pasado. Todavía yace su recuerdo, esa mancha negra en mi mente y me sigo preguntando qué es peor, ¿llegar a viejo y ver que el mundo se hunde a tus pies, o aprender de joven que este mundo no tiene remedio? ¿Es mejor ser ignorante y perecer, o perecer en vida rodeado de ignorantes? Me siento en el sofá y mi mujer me trae un té caliente, algo que le agradezco con un largo y apasionado beso.
—¿Qué tal ha ido el paseo? —me pregunta.
—Bien, cariño. Todo perfecto... —le miento.
—¿Te has encontrado con alguien? —me pregunta justo en el instante en que iba a abrir el periódico cuando me disponía a leerlo.
De pronto. se hace un silencio. Quizás un silencio que se alarga incluso más de diez segundos.
—No —digo finalmente con la misma firmeza con la que ando—. Hoy las calles estaban tranquilas…
—Bien, cariño —me responde—. Voy a hacer la comida, recuerda que hoy vienen a comer nuestros hijos.
—¿Los tres? —le pregunto de golpe.
—Sí. Pedro regresa de Estado Unidos y pasará unos días aquí con su mujer, Elsa se marcha mañana a Canadá para proseguir sus estudios y Luís quiere preguntarte no sé qué cosas. ¡Tengo ganas de verlos a todos!
Se hace un nuevo silencio entre nosotros.
—¿Te ocurre algo? —me pregunta de nuevo.
—No, Julia, estate tranquila —la tranquilizo.
Y mientras abro el periódico con lentitud no puedo dejar de contemplar a esa mujer morena, con el pelo liso y esos deslumbrantes ojos alejarse de mi. Pensando que cuanto más se aleje, más me iré convirtiendo para ella en un simple punto negro.