«Conductas suicidas. El servicio sanitario recibe cada vez más críticas por sus polémicos tratamientos»


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LLega un momento donde todo oscurece y ya no hay vuelta atrás. No hay esperanza. No hay solución. Y ese día había llegado para César. Había anudado una gruesa cuerda a una de las vigas de su casa, y luego había hecho otro nudo en su extremo opuesto. Sobre la mesilla del comedor había dejado una nota de despedida: «la vida ya no tiene sentido, os dejo», decía. Cogió una silla y la colocó debajo de la cuerda que colgaba. Mientras se subía a ella recordó fugazmente la terrible situación en la que se encontraba. Su mujer, había muerto de Alzheimer dos meses antes. Tuvieron una hija que falleció a los 32 años de edad de un terrible cáncer. Por aquel entonces, ella tenía un hijo de dos años y sus últimas palabras fueron: «sólo te pido que cuides de mi hijo», y esa frase le marcó de por vida. Su padre, tras perder a su esposa y quedarse sólo con su hijo entró en una profunda depresión y comenzó a drogarse. César hizo cuanto pudo por su nieto, quien se cerró en banda y eludió lo sucedido. No iba al colegio, se enfadaba con facilidad, siempre se estaba peleando con alguien… y a los 18 años se fue de su casa y no lo volvió a ver nunca más. Por si fuera poco, la familia de su yerno y parte de la suya le culparon a él de no haber sido capaz de cumplir con su palabra. Y César se hundió todavía más. Pidió ayuda, pero no obtuvo respuesta de nadie. No comía, no salía, no hablaba con nadie… ¿Qué sentido tenía seguir viviendo? Además, se le acababa el dinero y no podía pagar ni el alquiler de aquella pequeña y modesta habitación… Ya no podía más.

Desesperado, fue al servicio de urgencias para pedir ayuda. Allí le atendió un médico quien, sin ni siquiera levantarse de la silla le recetó un ansiolítico y un antidepresivo. Le advirtió que estos medicamentos tardan un tiempo en hacer efecto, y le pidió que tuviera algo de paciencia… También le comentó que le llamarían para que fuera a visitar a un psiquiatra. César tomó la medicación sin protestar y una semana después no podía levantarse de la cama. Se pasaba el día durmiendo, le costaba pensar, andar… ¡esas pastillas le estaban matando! Así que dejó de tomarlas con la esperanza de que su psiquiatra le llamara pronto y pudiera ayudarle un poco más. Sólo pedía eso, poder ver a alguien que le echara una mano. Pero ese día no llegó, y al final: decidió suicidarse.

De nuevo estaba sobre la silla. Cogió el aro que había formado con la cuerda e introdujo la cabeza en él. La tensó. Dio un último vistazo alrededor suyo y rezó un padre nuestro antes de saltar. Pero en aquel preciso instante se oyó el sonido de su teléfono móvil. Acababa de recibir un mensaje. Hubo un silencio y tuvo sus dudas. ¿Qué podía perder? Finalmente se liberó de la cuerda, bajó de la silla, cogió su móvil y leyó el mensaje que le acababan de enviar. Era del servicio de urgencias: «Señor C. García, tiene hora para visitar a su psiquiatra el lunes 21 de mayo de 2023 a las 11:00h». César dejó el teléfono sobre la mesilla junto a la nota de suicidio. Ya tenía hora.

«Sólo debía esperar 8 meses más.»

César se enfadó de mala manera. El mensaje, en vez de aliviarle acababa de avivar su ira. Por el amor de Dios, ¡iba a suicidarse! Cuando fue a ver a su médico ya se lo había contado: «Doctor, quiero acabar con mi vida. Para mí, todo esto ya no tiene ningún sentido...» Y, ¿le daban hora para ocho meses después? ¿A qué demonios estaban jugando? Nervioso e iracundo, volvió a subir a la silla e intentó colocarse de nuevo la maldita cuerda alrededor del cuello para saltar. Pero el mensaje, y la rabia que había provocado en él no le dejaban en paz. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo pensaban ayudar a alguien que les decía que iba a suicidarse dándole hora para ocho meses después? Por lógica, ¡la mayoría de las personas que se encontraran en la misma situación que él terminarían por matarse mucho antes!

Cada vez más enfurecido, César comenzó a dar vueltas por la habitación maldiciendo el funcionamiento de la sanidad pública y la poca sensibilidad que tenían hacia sus propios pacientes. ¿Cómo podía ser? ¿Qué se habían creído? Se sentó en la silla con la intención de calmarse un poco y, durante unos minutos, reflexionó sobre lo que había sucedido. Luego, tomó una drástica decisión: Sí, César se suicidaría. Pero no lo haría allí, en su casa y en silencio. No, su muerte no iba a ser en vano. Esperaría los ocho meses, iría a ver a su psiquiatra, y allí se mataría delante suyo.


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Lo primero que César debía hacer era pensar qué método utilizaría para suicidarse. Buscó por internet la dirección del Hospital y comprobó que la consulta de su psiquiatra se encontraba en la octava planta del edificio. Así que, en un descuido podría tirarse por la ventana. Pero cabía la posibilidad de que en aquella planta las ventanas estuvieran cerradas para evitar precisamente este tipo de acciones. Así que debía tener un «plan B» para ello… Pensó que otra opción más eficaz sería mezclar unos 500 gramos de cianuro disueltos en una lata de refresco. Se la tomaría entera unos segundos antes de entrar en la consulta del psiquiatra y el espectáculo estaría garantizado al momento: convulsiones, piel fría y húmeda, quemazón, ahogos… incluso podría mezclar el cianuro con algún medicamento o alguna droga potente para asegurar su efecto. Aunque, estando en un hospital, le podrían provocar el vómito al instante, hacerle un lavado de estómago y salvarle la vida. César siguió pensando… Cortarse las venas era otra posibilidad mucho más factible. Y, finalmente, había la alternativa de camuflar una pistola y pegarse un tiro allí mismo, delante del psiquiatra. Como no sabía en qué situación se encontraría aquel día, pensó que debía tener en cuenta todas aquellas opciones y estar bien preparado. Pero aquello no sería fácil…

Para poderse tirar por la ventana tenía que perder el miedo a las alturas, una fobia que había tenido desde que era pequeño. Para poder envenenarse con cianuro hacía falta valor y autocontrol, la misma sangre fría que para cortarse las venas. Y para poder pegarse un tiro en la sien hacía falta una pistola, y César, no podía ni pagar el alquiler; la depresión le había dejado en la ruina. Tras reflexionar, decidió que lo mejor era volver a subirse a la silla, colocarse la cuerda alrededor del cuello y terminar todo aquello de forma rápida y eficaz. Pero la voz de la llamada volvió a su memoria: «Señor C. García, tiene hora para visitar a su psiquiatra el lunes 21 de mayo de 2024». Y comenzó a ponerse nervioso una vez más. Cada vez más enfadado, más molesto... Y no pudo saltar. No señor. ¡Iba a aguantar esos ocho malditos meses y se prepararía a conciencia para suicidarse delante de su psiquiatra!

«Empieza el plan de acción...»

Lo primero que César hizo fue afeitarse, arreglarse un poco y salir de casa, hacía meses que no lo hacía. Decidió visitar la oficina de recursos laborales y tras explicar con detalle su situación, pidió si había algún trabajo para él. Le dijeron que no pero que le avisarían si surgía algo. Luego, comenzó a ir a restaurantes de comida rápida para pedir trabajo. En todos ellos le dieron una respuesta negativa. Y, al regresar a su hogar, César seguía sin trabajo, sin poder pagar el alquiler y con hambre. Pero unos días después recibió la llamada de la oficina de recursos laborales y le ofrecieron un mísero trabajo en una empresa de limpieza. Así que aceptó la oferta y se puso a trabajar. Con el dinero que iba ganando pudo pagar el alquiler. El mes siguiente, y tras cambiar de trabajo tres veces consecutivas, le ofrecieron el puesto de conserje en un céntrico edificio con un sueldo que no estaba nada mal. César lo aceptó y se apuntó de inmediato a un centro de Mindfulness. También comenzó a hacer meditación. Si quería suicidarse delante de todo el mundo tenía que estar relajado y permanecer concentrado en el «aquí y el ahora», libre de cualquier pensamiento que le hiciese cambiar de opinión. La meditación comenzó a hacer efecto. Incluso los vecinos del edificio donde trabajaba comenzaron a notarlo más tranquilo y amable con todo el mundo. El Mindfulness le hacía ser más servicial con la gente y, cuando todo esto llegó a oídos del propietario del edificio, éste le aumentó el sueldo. Todo parecía ir bien. Por primera vez en su vida tenía un objetivo, un motivo por el que vivir: el suicidio, y todo lo que hacía le iba llevando poco a poco hasta allí.

Lo complicado sería cortarse las venas. César nunca había sido un hombre de gran coraje y valentía, y por muy relajado que estuviera no se creía capaz de hacerlo. Así que se apuntó a un centro de artes marciales para poder trabajar su autocontrol y su confianza. Eso dio muy buenos resultados. Un día, un joven intentó robarle el bolso a una vecina y César mandó a ese crío al hospital de un sólo guantazo. Desde aquel día supo que no tendría problemas en cortarse las venas, al mismo tiempo que la señora Pilar, de 76 años de edad, comenzó a invitarle todas las tardes a su piso para tomar el té y unas pastas de chocolate. Más tarde le presentaría a su hija Rita, una excelente profesora de crecimiento tántrico con la que entablaría una bonita amistad…

«Por primera vez en muchos años, Cesar se sentía feliz»

Al cabo de poco tiempo se apuntó en un centro para realizar saltos en paracaídas con el propósito de perder así su miedo a las alturas. El primer día lo pasó tan mal que pensó que no lograría suicidarse porque antes se mataría saltando del helicóptero. Pero su instructor era un buen tipo y le ayudó mucho a superar sus miedos. Más tarde se hicieron amigos y formaron un alegre grupo con el que salían, iban a cenar, etc. Lo de saltar al vacío resultó una terapia de choque algo drástica, pero cada vez que le daban los ataques de pánico recordaba la llamada del servicio de urgencias y el rostro del psiquiatra (ya que buscó su fotografía por internet), y la propia rabia bloqueaba al instante todo el pánico que sentía. Finalmente, al cuarto salto ya había superado el miedo a las alturas.

Con el dinero que iba ganando pudo comenzar a hacer clases de tiro (porque si de algo tenía miedo, era de dispararse un tiro en la cabeza y herir sin querer a alguna inocente enfermera). Las clases le fueron bien, y más tarde pudo comprarse una pistola y cargarla con sus correspondientes balas.

Faltaban dos semanas para la visita a su psiquiatra cuando recibió otra llamada del servicio de urgencias.
—Señor César García, ¿cómo se encuentra? —dijo una voz dulce y femenina.
—¡Voy a suicidarme en breve, señorita! —Respondió impulsivamente y entusiasmado.
—¿Está tomando la medicación? —Le preguntó la enfermera.
—Sí, claro. —Mintió.
—Verá, tenemos un pequeño problema…
—¿Un problema?
—Se trata de su psiquiatra —dijo con calma—. Le llamaba porque el Doctor Gutiérrez tiene que atender a muchos pacientes y le hemos retrasado su visita para el 25 de octubre del 2023.
—¿Cómo dice? —El corazón le dió un vuelco.
—Muchas gracias por su atención. —Y la mujer le colgó.


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César permaneció en un estado catatónico durante unos minutos que se convirtieron en una eternidad. No daba crédito. Estaba hundido en la más absoluta miseria, deprimido, a punto de suicidarse… Encima, llevaba siete meses preparándolo todo y, ahora, ¿tenía que esperar cinco meses más para dar fin a su vida? Ciego de rabia pensó en cambiar de estrategia y, en vez de suicidarse, introducir una bomba lo suficientemente potente como para hacer saltar la octava planta del edificio por los aires. Comenzó a hacer respiraciones, a visualizar y pensar en cosas agradables y se calmó. Luego, llamó al servicio de urgencias y les dijo que no podría aguantar cinco meses, y la respuesta que le dieron le hizo enfadarse todavía más. —¿Cómo ha dicho? —Que si no puede esperar cinco meses —dijo la señora de urgencias—, podríamos cambiarle de psiquiatra y hacer la visita por teléfono. ¿Qué le parece? —¡Pues mal! ¡Me parece un grave error! César estuvo a punto de decirle que no había estado ocho meses buscando trabajo, ganando dinero y preparándose para aquel día para que luego le visitaran con una simple llamada de teléfono. —¿Y una videoconferencia? —¡Váyase a la mierda! ¡Nos veremos el 25 de octubre y punto! Esta vez fue César quien colgó enfurecido, golpeando el teléfono con fuerza en la mesita del comedor. Volvió a hacer respiraciones, a pensar en cosas hermosas (aunque esta vez tuvo que esforzarse algo más para lograrlo). Cerró los ojos y se relajó. Bien, no había más que decir, esperaría cinco meses más y se suicidaría tal y como había planeado.

«Finalmente: llegó el día.»

César se había comprado un traje totalmente blanco para que la sangrienta escena tuviera un efecto más dramático entre los presentes. Se presentó en el hospital y las cosas se torcieron desde el primer momento. No había dado dos pasos que el servicio de seguridad oyó el pitido de la alarma de entrada. Lo registraron y le quitaron el arma que llevaba escondida en el bolsillo. Para más inri, se había olvidado de cargarla, así que si hubiera intentado pegarse un tiro en la cabeza hubiera hecho un ridículo espantoso. Tras hacerle unas proguentas y ver que tenía hora para el psiquiatra, los médicos pidieron que le dejaran subir a la consulta. Así que retomó su lata de refresco y subió en el ascensor hasta la octava planta.

Allí le hicieron esperar más de 45 minutos en una sala atiborrada de gente. —Si todos iban a suicidarse —pensó—, el mundo estaba verdaderamente mal de la cabeza… Finalmente, le llamaron y le hicieron pasar a la consulta del Doctor Gutiérrez.

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El rostro del psiquiatra se escondía disimuladamente tras la pantalla del ordenador. Era obvio que la sala era demasiado grande para un tipo tan pequeño, al igual que su escritorio.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? Aquí dice que tiene usted tendencias suicidas y que ha estado tomando medicación durante casi un año. ¿Cómo se encuentra ahora? —Mal —dijo César apretando con fuerza la lata de refresco que todavía llevaba entre sus manos.
—Bien, pues siga tomando la medicación y en vez de dos pastillas de fluoxetina tómese cuatro. Le daré hora para verlo otro día e iremos viendo su evolución. César observó que la ventana que había al fondo estaba demasiado lejos, demasiada alta, y además, estaba cerrada. Así que descartó lo de tirarse desde allí. Lo de la pistola había sido un grave error… De pronto, entró en la sala la mujer de la limpieza.
—Lo siento Doctor —dijo abrumada—, pensaba que no había nadie.
—¡Pase, pase, mujer! —Le dijo sin apartar el rostro de la maldita pantalla—, haga lo que tenga que hacer.
Tras unos segundos de ciertas dudas, César concluyó que lo mejor sería cortarse las venas en ese preciso instante. Dejó la lata de refresco sobre la mesa, se sacó la cartera y comenzó a buscar la cuchilla de afeitar. Mientras lo hacía, la mujer de la limpieza terminó de barrer, cogió un cubo de basura que había en la sala, quitó la bolsa medio vacía y, al ver la lata de refresco sobre la mesa dijo:
—¿Ha terminado?
—Sí, ahora me voy, un segundo… —respondió César mientras buscaba la maldita cuchilla y un sudor frío le recorría todo el cuerpo.
Así que la mujer de la limpieza tomó la lata de refresco, la tiró dentro de la bolsa de basura y se marchó mientras César observaba atónito como otro de sus planes suicidas se iba al traste.
—El 15 de mayo de 2024 —dijo el Doctor Gutiérrez.
—¿Qué? ¿Cómo? —Titubeó César...
El psiquiatra levantó la mirada y observó por primera vez a César mientras le temblaban las manos.
—¿Se encuentra bien? —Le preguntó.
César estaba pálido. ¡No encontraba la maldita cuchilla de afeitar…!
—Sí. No... Esto… estoy bien, sí. ¿Qué ocurre el 15 de mayo?
—Señor García, le estoy dando hora para que vuelva a verme el día 15 de mayo de 2024. ¿Lo entiende?
—¡Perfecto! —Acababa de encontrar la cuchilla oculta en un pequeño departamento de su cartera. La sacó, la agarró fuertemente con el dedo índice y el pulgar, e, iba a cortarse las venas allí mismo, cuando se percató de lo que le acababa de decir.
—Ya puede irse señor García —dijo el psiquiatra.
—Un momento, un momento… —dijo César—. ¿Cómo que tome más pastillas y que le venga a ver en mayo del 2024? ¿Se ha vuelto loco?
—Señor Garc…
—Cuando les llamé pidiéndoles ayuda estaba sobre una silla con una cuerda alrededor del cuello a punto de matarme y, en dichas circunstancias, me dijeron que fuera a verles ocho meses después. ¡Ocho malditos meses! Estaba solo, sin amigos, sin familiares que quisieran ayudarme; no tenía trabajo, mi mujer acababa de fallecer, también nuestra hija, con los años mi propio nieto me abandonó y encima todos me culpaban a mí por no superarlo…
—Lamento lo sucedido señor garcía —dijo el doctor mientras tecleaba algo en el ordenador—, de verdad.
—Aguardé pacientemente los ocho meses y, cuando lo tenía todo listo para suicidarme como era debido me llamaron y atrasaron esta visita cinco puñeteros meses más. ¿Sabe lo que ha supuesto todo eso para mí? ¿Sabe lo que cuesta tirarse en paracaídas todos los fines de semana, ir a todos los torneos de Taekwondo y asistir a todos los retiros de meditación? ¡Tengo una vitrina llena de trofeos y medallas que no me importan lo más mínimo!
El Doctor Gutiérrez levantó su mirada.
—Pero, usted —dijo—, ¿no estaba con una fuerte depresión?
—No señor, ¡yo quiero suicidarme y punto!
—Pero uno no se suicida porque sí, algún motivo u otro debe haber…
—¡La madre que lo parió! —Soltó de pronto César sin darse cuenta— ¡Se acabó!
César se levantó, extendió su brazo izquierdo mientras agarraba con fuerza la cuchilla con su mano derecha dispuesto por fin a cortarse las venas. Iba a hacerlo. Sí, ahora, ahora era el momento, pero… se percató que el Doctor había vuelto a dirigir su mirada hacia el ordenador mientras escribía algo con el teclado.
—Si ve que está muy nervioso —dijo el Doctor Gutiérrez—, puede tomarse dos o tres Diazepam al día. Eso le ayudará a estar más relajado...

«La escena se congeló»

Hubo un silencio que duró un par de minutos mientras el doctor seguía escribiendo y César sudaba y temblaba como un azogado. Finalmente, el Doctor levantó la cabeza y contempló a César con la cuchilla y el brazo extendido.

—¡Por el amor de Dios señor García! ¡No haga una locura! —Dijo nervioso.
—Usted quiere que me mate, ¿verdad?
—¡Pero qué dice! ¿Cómo voy a querer…?
—Por eso me dio hora ocho meses después, ¿verdad? Y, al ver que seguía vivo, alargó la visita cinco meses más… ¡Para ver si me suicidaba!
—¡Qué tonterías dice señor García!
—¡No me mienta! Usted es médico, trabaja para el Estado… no les interesa que haya gente como nosotros: gente pobre, deprimida, con tendencias suicidas... ¿Verdad? ¡Prefieren que nos matemos y así menos trabajo para todos! ¿No? No nos quieren ayudar, ¿no es cierto? Quieren que desaparezcamos, porque si nos ayudan deberán invertir demasiado dinero en nosotros y eso no les conviene en absoluto…
—Qué demonios… —Al psiquiatra, todo aquello le había pillado desprevenido. Uno de sus pacientes iba a suicidarse allí mismo y debía evitarlo. Así que, como buen profesional, actuó en consecuencia—. Así es señor García, no puedo mentirle más —dijo.
—¡Lo sabía!
—La gente como usted sobra en este mundo y no nos importan para nada. No puedo mentirle más. Yo mismo, en este instante podría estar perfectamente feliz en mi barca, con mi esposa y mi hija, navegando plácidamente por lago Atitlán. Pero no, debo estar aquí tratando a gente enferma. Por favor, se lo pido: ¡Suicídese ya de una vez por todas y déjeme en paz!

«Otra pausa dramática.»

Hubo otro silencio que pareció alargarse hasta el infinito y, de pronto, César comenzó a reír.
—¿Qué le hace gracia?
—¿No lo entiende? —Dijo César—. Yo no soy el que está enfermo, ¡el loco es usted! Pero esta vez no le va a salir bien la jugada, ¡porque no voy a suicidarme!
César dejó la cuchilla sobre la mesa y se fue vociferando: ¡No voy a suicidarme! ¿Queda claro?

Instantes después, tras oír la conversación y los gritos del paciente, varias enfermeras entraron en la sala de forma apresurada.
—Doctor, doctor… Es usted increíble. ¿Cómo ha logrado curarlo?


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Dos años después César ha vuelto a organizar su vida y ya no ha tenido más ideas suicidas. Escribió un libro titulado: «El engaño del servicio de urgencias: cómo evitar que nos maten», y en tres meses se convirtió en el libro más vendido de 2023. Comenzó a hacer conferencias por todo el mundo (algo que no le importaba ya que ya no tenía miedo al viajar en avión). Se casó con Rita, la hija de la señora que intentaron robarle el bolso. Practicaron sexo tántrico y tuvieron siete hijos: cuatro preciosos niños y tres niñas. Poco después crearon la fundación «Están entre nosotros», que tiene más de dos millones de suscriptores y cuentan al mundo cómo las grandes empresas están dirigidas por extraterrestres.

El Doctor Gutiérrez también escribió un libro titulado: «Terapia estratégica prolongada», una teoría que copió de forma descarada de la «Terapia breve estratégica» aunque él la aplica de forma prolongada en el tiempo. Según su teoría, cuanto más pasa un médico de su paciente más posibilidades le das a éste para que reflexione sobre su vida y supere sus problemas. Actualmente tiene una consulta en Estados Unidos y una enorme lista de pacientes con una demora de más de cinco años para ir a visitarse; según él, forma parte del tratamiento.

Y, al final, los más importante es que Cesar no suicidió. Por ese motivo cuando vas al médico te dan hora para el año siguiente. Porque en la mayoría de los casos, con el tiempo, el dolor desaparece, la ansiedad se calma y los problemas se solucionan. Este descubrimiento realizado por el Doctor Gutiérrez, sin duda cambiará la medicina del siglo XXI.


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Sonia del Valle
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◉ Periodista de sociedad

La historia de César es una más entre miles de casos con tentativas de suicidio. Las visitas se demoran, los médicos sólo tienen 10 minutos para atender a sus pacientes y las personas con problemas mentales no se sienten satisfechos tras la visita con un psicólogo, (que en muchas ocasiones se realizan sólo por teléfono). Es evidente que nuestro sistema sanitario necesita una revisión profunda y urgente. Pero algunos médicos lo defienden. Y, por ello, creí oportuno investigar el caso de César y el trato que recibió por parte del servicio sanitario. ¿Por qué algunos defienden la precariedad del sistema? Pues por lo visto, parece ser que también salvan vidas. Doy las gracias al Colegio de Médicos de Madrid por su labor, a la Federación de Psicólogos de la República Argentina (Fe.P.R.A.) por el trato, y a César García, por querer contar su historia.