Sociedad
La dura adolescencia de un hombre libre luchando por su libertad

La ballena

Igor se enfrenta a la prueba de encajar en su grupo de amigos y acepta un reto que no quiere. Entre la vergüenza y el miedo a quedar fuera, termina pidiendo la hamburguesa que lo atormenta. Una historia sobre la presión social y el costo de ser aceptado.

Yumara Díaz
7 min de lectura
02 Marzo 2025
Compartir

Conforme el camarero se iba alejando de la mesa, Igor no pudo ignorar el terrible error que acababa de cometer. Por un instante creyó que aquella breve minucia habría pasado totalmente desapercibida entre sus compañeros, pero era demasiado tarde y todas las miradas ya se habían clavado en él. Mientras intentaba elaborar mentalmente algún tipo de argumento para poder explicar lo inexplicable sintió que se le helaba la sangre y, a falta de excusas, concluyó que la mejor solución era fingir que no había sucedido nada, permaneciendo en el más absoluto silencio.
Los amigos de Lucas habían decidido ir a celebrar su cumpleaños en el «Burguer’s Hop», uno de los restaurantes donde hacían las mejores hamburguesas de la ciudad. Encima, para que la gesta fuera tal, acordaron que todos pedirían las hamburguesas más grandes, exageradas y suculentas que aquel día hubiera en la carta. Cabe decir que a Igor no le ilusionó demasiado aquella idea, él era más bien de comer poco, pero por el simple hecho de no quedar en evidencia aceptó el reto sin rechistar. Pero, cuando todos terminaron de pedir, Igor realizó cierto amago sospechoso, se dirigió de forma disimulada al camarero y le susurró algo en el oído y, ese acto, esa simple minucia de nada, hizo que todos sospecharan de que quizás no fuera a cumplir con su palabra.
Igor siempre había sido un joven tímido y con cierta falta de iniciativa y, si algo le asustaba de verdad, era quedar en ridículo ante los demás. Los juicios de valores que la gente suele hacer por cualquier cosa le irritaban, y esa forma de burlarse de alguien cuando uno no hace lo que los demás esperan que haga, le provocaba una terrible sensación de angustia y malestar. Por eso intentaba ser discreto y no llamar demasiado la atención, aunque no siempre lo lograba. Como se suele decir: «uno no puede luchar en contra de su propia voluntad ya que, tarde o temprano, tu subconsciente, siempre termina por delatarte». Y por esa razón, a veces cometía errores tan graves como el que había cometido hacía escasos minutos. Y ahora, todos sospechaban que se había echado atrás, mirándole sin pestañear mientras él palidecía por momentos. Aun así, se mantuvo firme en su silencio, y sus compañeros decidieron comentar en voz alta qué hamburguesas habían pedido cada uno de ellos, a la espera del turno de Igor, claro, quien no tendría más remedio que revelar entonces su elección.
Uno de ellos se había pedido «La Tremenda», con 170 gramos de un jugoso y crujiente contramuslo de pollo, queso americano, lechuga batavia, bacon y salsa Burguer Spreads. Otro quería «La Suculenta»: costilla desmenuzada con bacon bits, cebolla crunchy, queso parmesano y salsa barbacoa. Julia, la novia de Lucas, se había pedido «La Brutal», que llevaba dos trozos enorme de carne de ternera, queso Monterey Jack empanado, bacon, un huevo frito y salsa Mayo con Albahaca. Cada vez que alguien hablaba sobre su hamburguesa, todos exclamaban con entusiasmo alzando los brazos llenos de emoción. Hasta que le tocó el turno a Igor, y todas las miradas volvieron a centrarse en él en medio de un abrumador silencio. —¿Qué has pedido tú, Igor? —le preguntó el compañero que había frente a él, mostrando una sonrisa socarrona. Y, tras tragar un poco de saliva, Igor respondió: «La Ballena», doble hamburguesa de carne de búfalo molida, queso americano, cebolla morada a la plancha, lechuga batavia, tomate, pepinillos, salsa barbacoa, salsa Mayo y un par de huevos fritos. Tras unos segundos de cierto desconcierto (era evidente que nadie esperaba escuchar dicha respuesta), la mesa estalló en un estruendo de júbilo y todos aplaudieron su desconcertante decisión. Igor, acababa de ser aceptado por la manada y ya no había nada por lo que temer. Así que sonrió tímidamente mientras la comisura de sus labios temblaba de pánico al ver que el camarero se acercaba a su mesa sujetando con fuerza un par de enormes bandejas repletas de hamburguesas, patatas fritas y tequeños con queso; y, minutos más tarde, sintió una fuerte sacudida en su pecho al ver que el camarero regresaba, esta vez para servir unas enormes jarras de cerveza fría. Aquello era un verdadero espectáculo para todos menos para Igor, que aunque se tranquilizó un poco al ver que el camarero se marchaba de nuevo sin percatarse de su presencia, no pudo evitar sentir cómo las piernas le flaqueaban de nuevo.
Miró a lo lejos, completamente atemorizado, mientras disimulaba que se lo estaba pasando en grande. El camarero no estaba. Volvió a mirar, por si acaso. No. No estaba.
De pronto, alzando una jarra de cerveza alguien gritó: —¡Hay que comer a lo guarro!
—¡A lo guarro! —gritaron todos imitando el gesto, menos él, que del susto que se había dado no había tenido tiempo ni de reaccionar.
Y ese nuevo error, esa simple tontería, provocó que todas las miradas volvieran a concentrarse en él, como si tuviera un cartel pegado en la frente o una luz parpadeante imposible de apagar. Se formó un nuevo silencio incómodo (aunque sólo fuera incómodo para él), como si todos esperaran que reaccionara de algún modo. Miró de reojo «La Ballena», que aguardaba desafiante delante suyo, latente, como si fuera un volcán a punto de entrar en erupción. Observó con atención a todos sus compañeros, que permanecían expectantes, y comprendió que no tenía otra opción: muy lentamente, cogió hamburguesa entre sus manos mientras el queso americano se derramaba inevitablemente por ambos lados, la apretó con fuerza, y los jugos rojizos de la carne humedecieron el pan tostado. La salsa barbacoa goteaba sobre su plato y varios pepinillos se asomaban a ambos lados, a punto de precipitarse al vacío. Cerrando los ojos, con fuerza, y abriendo la boca hasta límites insospechados, le dio un fuerte bocado y «La Ballena» explotó en toda su cara. Luego, sin apenas poder respirar, comenzó a masticar como si su vida dependiera de ello. Actuaba en contra de su voluntad y de la poca dignidad que le quedaba, a favor de ser acogido por una gente que pronto alzaron la voz con entusiasmo e imitaron sus gestos como si fueran auténticos trogloditas. Igor cogió un pepinillo y lo refregó en la salsa barbacoa que había en el plato de un compañero suyo, luego, se lo introdujo en la boca, completamente saturada, al mismo tiempo que todos se ensuciaban las manos, chillaban como locos y engullían toda la comida que había.

Con los años, la mayoría de la gente que iba a estos sitios había terminado por comer de ese modo, y ellos, no iban a ser distintos al resto… Mientras comían, fueron hablando en voz alta al mismo tiempo que los restos de bacon y trozos de pepinillo se esparcían de forma descontrolada. Diez minutos después, las salsas cubrían el mantel como si se tratara de una obra abstracta de Kandinsky. Mientras todos se ensuciaban las manos, se las iban limpiando con un ejército de servilletas que, desbordando la mesa, caían al suelo, cubriendo el hermoso mosaico del local como una capa de nieve que oculta el viejo asfalto de una carretera.
—Sinceramente —dijo alguien de la mesa, dirigiéndose a nuestro amigo ahora mucho más relajado que antes tras haber unido sus lazos de amistad con el resto, pero, todavía sintiendo que se encontraba de algún modo fuera de su zona de confort—. Pensé que no te atreverías a pedir una hamburguesa de verdad. Estaba totalmente convencido de que pedirías una de esas mierdecitas insípidas que hay para los tipos cobardes, gallinas e insípidos...
Todos estallaron en risas, e Igor esbozó una leve sonrisa, como si todo aquello no tuviera nada que ver con él.
—Y menos aún —prosiguió, alzando todavía más su voz—, que fueras a comer de ese modo.
—¡Una hamburguesa está diseñada para ensuciarte las manos! —exclamó otro compañero suyo con todas sus fuerzas, al mismo tiempo que elevaba su jarra de cerveza.
Entonces, todos repitieron la frase como si se tratara de un grito de guerra, lleno de rabia y determinación.
—¡Hay que estrujarla con las manos!
De nuevo, se alzó un nuevo grito lleno de furia al que Igor se unió con un débil y ahogado chillido. —¡La yema del huevo frito tiene que explotar y resbalar, mezclarse con el resto de salsas antes de caer al plato o sobre la mesa! Y, ¡hay que morder con fuerza!
Y otro grito de guerra al unísono, totalmente ensordecedor, inundó una vez más toda la sala.
Igor ya no recordaba el error cometido y poco a poco fue recuperando su voz perdida. Cada vez, sus gritos eran más fuertes y se unían mejor y con más ímpetu a toda aquella multitud. De pronto, se sintió seguro dentro de un mundo que no estaba hecho para él. Y, cuando su ego estaba ya en lo más alto de la cúspide, observó a lo lejos al camarero, dirigiéndose con urgencia hacia donde se encontraba él.
Cada frase que su compañero gritaba en voz alta era correspondida por un rugido lleno de complejidad.
Cada frase, un chillido; cada chillido, lo acercaba más a él. Su corazón latía con más fuerza y no pudo evitar que un sudor frío emergiera en su frente. De repente, se percató de que aquel castillo de naipes comenzaba a decaer de forma inevitable. Todos gritaban de euforia mientras iban terminando de comer y, a cada grito, el camarero se encontraba cada vez más cerca.
Al llegar, todos dejaron de gritar conscientes de que quizás se estaban extralimitando con su conducta.
—Lo siento, de verdad que lo siento —se disculpó el camarero dirigiéndose a Igor—. Se me había olvidado por completo.
—No se de qué me habla —dijo Igor temblando de miedo.
—Tenga, aquí le traigo sus cubiertos.
De golpe, se instaló un silencio tan denso que dejó a todos atónitos.
—¿Ibas a comerte la hamburguesa, con cuchillo y tenedor? —le preguntó el propio Lucas ante la perplejidad de todos.
El camarero comprendió al instante la situación, pero ya era demasiado tarde para echarse atrás.
Igor, intentó buscar una nueva excusa en donde refugiarse pero, una vez más, no la encontró.
—¡Menudo «señorito» estás hecho! —dijo alguien.
—¡Serás cobarde! —dijo otro.
Pronto comenzaron las risas.
Y, en unos pocos instantes, la burla y el escarnio se apoderaron de él.