— La opinión —


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Opinar es gratuito. Nos ofrece la posibilidad de expresar un pensamiento a través de nuestras propias experiencias, permitiendo así ordenar nuestras ideas y creencias. Que éstas sean luego aceptadas y actúen como un rompeolas para aquellos que nos lleven la contraria, ya es otra cosa. La opinión merece respeto y un tiempo de espera antes de ser digerida por aquellos que se limitan a oír su llegada, pero también necesita fundamento ya que, sin éste, su diálogo se ahoga en sus propias palabras y queda trabada en una simple conversación incómoda.

Por desgracia, hoy en día la opinión es un arte perdido entre los albores de un eterno amanecer. Nace del impulso, de una emoción incontrolada que muestra con timidez las entrañas de nuestro ser. Defiende su forma sin ser definida y arroja las palabras tal cual, como una ráfaga huracanada que a veces se pierde en mitad del desierto y otras veces devora a ciudades enteras sin saber por qué. Da igual el contexto. De nada sirven las otras opiniones que se perciben como una suave brisa, allá a lo lejos… La opinión debe ser defendida a muerte (se tenga o no razón) para no caer ni perecer en el ridículo ajeno.

En nuestra sociedad, la opinión abunda con el único propósito de convencer al resto a favor de nuestros intereses dejando al margen la veracidad de los hechos. Ignorando aquellos rumores extraviados que permanecen allí, muy a lo lejos. Tal vez esas voces sean lejanas, o tal vez griten con fuerza frente a nosotros y nos hayamos convertido en pequeños seres inanimados; quizás nuestro oído haya aprendido a elegir qué palabras oír y cuáles pasar por alto…

Lo que sí es cierto es que, hoy en día, todos somos libres de opinar. Todos damos y defendemos con vehemencia nuestras creencias por encima de la razón porque siempre pensamos que la llevamos a cuestas. Y pobre de aquel que nos la quiera arrebatar, ¡que somos capaces de matar por ella!

Pero claro, todo lo que escribo hoy, nada más levantarme por la mañana y ser bombardeado por los miles de comentarios de la radio, la televisión y las redes sociales, no vale un duro (para quienes sepan de lo que estoy hablando). En verdad: ¿quién soy yo para deciros nada?


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