— Libertad —

No hay mayor sensación de libertad que cuando uno sube a su coche, arranca el motor y empieza a conducir. La facultad de poder elegir el destino, la ruta o la velocidad, nos lleva a un goce exquisito que inunda todo nuestro ser de tal autonomía, que nos recuerda lo vulnerables que somos al andar por la calle sin más. Aquí, todo tiene sentido. La independencia que produce el hecho de no estar sujeto a nadie a la hora de desplazarte y poderlo hacer a tus anchas, la confianza innata que uno siente mientras escuchas la envidia de los demás susurrar entre sí sobre qué coche más chulo y moderno tienes; no como antes, donde la gente iba apelotonada en aquel Seat 600. Ahora notas la sensación de poder, que va consolidándose poco a poco mientras circulas por la autopista, con calma, y que sólo se altera de vez en cuando por culpa de un idiota que conduce como un auténtico troglodita.
—¡Capullo! —chillas con toda la fuerza de tus pulmones —. ¡Vete a la puta mierda!
Para luego notar de inmediato, como dice siempre tu psicóloga, ese estado de paz, de serenidad y desahogo, que tanto necesitas.
Algunas veces has intentado perderte, salir de la rutina y suscitar en ti aquel espíritu aventurero que te llevaba inconscientemente a explorar nuevos terrenos. Mientras conduces, recuerdas por un instante los viajes que hiciste con tus amigos y tus familiares tiempo atrás, fortaleciendo así aquellos vínculos que os llevaron a compartir grandes momentos de alegría; aunque hubo otros, quizás, mucho más incómodos y comprometidos. Cuando el viaje se alargaba en el tiempo solías pasar por hermosos parajes naturales sin poder evitar crear una conexión especial en medio de aquel entorno. Entonces, bajabas la ventanilla y apoyabas tu codo en ella, permitiendo así que aquel aire caluroso y asfixiante golpeara tu rostro con fuerza, sintiendo el olor y el contacto directo con aquella belleza natural que ahora sueles ver tan poco. La mente se relajaba y te daba tiempo para reflexionar sobre nuevos proyectos. Divagaba inocentemente, perdiéndose en un confuso nido de pensamientos hasta encontrar la solución a algún problema complejo, como si una bombilla se hubiera encendido de golpe cuando, en realidad, siempre hubiera estado encendida. Sucedía incluso mientras tu vista observaba hipnotizada pasar las líneas discontiuas de la carretera al ir avanzando por ella... Pero ahora todo aquello te aburre y sientes, durante un breve instante, que estás perdiendo esa libertad de decisión a la que tanto te aferras. ¿Qué sería el ser humano si no pudiera tomar sus propias decisiones? Recuerda: tú eliges, siempre eliges. Eres el puto amo…
De pronto sientes calor y tienes el impulso de pedirle a tu coche que ponga un poco más alto el aire acondicionado. Pero sabes que notar el aire tan directo no es bueno para tu salud. Sueltas sin más el volante y te quitas el jersey, lo doblas con calma y luego lo depositas en uno de los asientos traseros del coche. Si tu coche ha elegido esa temperatura, piensas, será porque es lo mejor para mí. En la pantalla observo la ruta que estoy haciendo, el GPS no falla, y veo que hace escasos minutos que nos hemos desviado de la ruta inicial para no coger un atasco que había más adelante. La conducción automática te da tanta libertad… Recuerdo que mi hermana me recomendó hace días un podcast llamado «la verdad oculta», así que le pido a Lexa que lo ponga para que pueda oírlo (Lexa, es la asistenta de voz que tiene mi coche). Ella lo busca, lo sintoniza, elige el nivel de volumen más adecuado y lo reproduce sin más. Pero mi hermana tiene gustos muy distintos a los míos (empezando por el imbécil de su marido) y decido dejar de escucharlo al poco tiempo. Esta vez le pido a Lexa que ponga las noticias; así, uno se entera de las cosas que pasan en el mundo... En escasos segundos hace una selección de todos los canales informativos que hay, elige aquellos más cercanos a mi forma de pensar y muestra el que más se adapta a mis necesidades. Cuando ya sé todo lo que ocurre en el mundo le pido que ponga algo de música, y no sé cómo lo hace pero siempre acierta con mis gustos musicales. Observo cómo la carretera se estrecha cada vez más y tengo la absurda sensación de que mi libertad también se ha ido reduciendo con el paso del tiempo. ¡Tonterías! —pienso. Mientras el coche toma varias curvas antes de llegar, decido coger mi teléfono móvil y repasar mi Instagram. Le pongo algún que otro «me gusta» en la cuenta de mi sobrina, que viaja hoy conmigo en la parte trasera del vehículo, no sea que luego me diga que soy mala persona. Ahora que lo pienso, se ha pasado todo el trayecto abstraída, jugando con su Nintendo Switch. Al llegar, y mientras el coche aparca solo, le pido a Lexa que me diga dónde podemos ir a comer y qué película debería ir a ver al cine con mi sobrina esta tarde.
Llegamos, y, al bajar del coche, mientras andamos mi sobrina y yo en silencio, cogidas de la mano dirección al restaurante, tengo la sensación de haber perdido algo de aquella libertad que adquieres a la hora de conducir un coche. Pero insisto, es tan sólo una sensación mía...