Sucesos
La falsa enfermera

La falsa enfermera

El relato logra crear una atmósfera de terror psicológico y suspense que perdura en el lector mucho después de terminar la lectura, ya que invita a una profunda reflexión.

Sonia del Valle
11 min de lectura
23 Enero 2023
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Sabía que tarde o temprano la descubrirían y que las consecuencias serían graves, pero debía intentarlo. Julia Ordóñez, de 30 años de edad, no era médico ni disponía de ninguna titulación universitaria. Aun así, aquella mañana se presentó en el hospital de Vic (en Catalunya) con la intención de que la contrataran. Se dirigió al departamento de recursos humanos y mostró su número de colegiada (que era el de otro médico), un par de fotografías suyas vestida de doctora y algún que otro documento falsificado y, ante su sorpresa, el centro la aceptó como si nada. Todo el mundo sabe que en la actualidad faltan médicos, y que la mayoría de los hospitales van desesperados por encontrarlos...
Permaneció trabajando allí un par de semanas hasta que decidió irse y probar suerte en otro hospital. Esta vez fue a la Dexeus, realizó los mismos pasos y la farsa funcionó de nuevo. Allí, una vez más, fue habitación por habitación, tratando a los pacientes y ayudando en todo cuanto podía hasta que decidió irse y probar suerte en el hospital de Girona, donde también fue aceptada. Unas semanas después, se trasladó al hospital de Berga. Sabía que la situación era inverosímil y que las sospechas se iban alzando sobre ella. Hasta ahora había tenido mucha suerte, pero cada vez había más pacientes que hablaban de ella. Para disimular su engaño solía mantener asiduas conversaciones con los médicos, hablaba con el personal, se relacionaba con otras enfermeras… Se le daba bien todo aquello (algo que la sorprendió), y eso hacía que en el hospital la trataran como a una más del equipo. Pero sabía que le quedaba poco tiempo.
Allí, en el hospital de Berga, había encontrado lo que buscaba. Hasta que finalmente saltó la alerta. Un trabajador del centro se percató de que Julia no constaba en la base de datos del Colegio de Médicos y llamó a los Mossos d’Esquadra. La detuvieron unas horas después, la llevaron a la comisaría y luego la dejaron en libertad a la espera de ser juzgada.

La noticia llegó a todos los medios, quienes resumieron los acontecimientos así por encima y sin entrar en muchos detalles. Los médicos de los distintos hospitales no daban crédito a lo sucedido, ya que todo aquello les dejaba en una muy mala posición. Así que tuvieron grandes reuniones para ver qué hacer con todo lo sucedido.
— Señores, señores... ¡Esa mujer ha tratado a pacientes con cáncer sin tener ninguna formación médica! —decía el director de un hospital en una de esas reuniones. —Estuvo recetando medicación a tres pacientes con hernias inguinales que iban a entrar en quirófano esta misma semana, trató cinco casos de hemorroides que también debían ser intervenidos de urgencia, a tres niños con neumonía severa…
La sala estaba llena de médicos y personal sanitario, y nadie decía nada.
—¿Qué ha pasado? ¡Si esto llega a salir a la luz vamos a quedar como unos auténticos imbéciles! Todo el mundo seguía callado.
—¿Nadie sabe qué hizo esa mujer para curar a toda esa gente? Hemos dado de alta a los tres niños hace apenas dos horas, hemos hecho pruebas sobre los cánceres que tenían nuestros pacientes y todos han desaparecido como por arte de magia, las hernias inguinales han remitido, y lo mismo con las cinco malditas hemorroides. ¿Alguna explicación? ¿Alguien sabe qué ha pasado?
Y las mismas dudas tenían los médicos de los otros hospitales…

Por otro lado, unas semanas después, Julia Ordóñez tuvo una visita inesperada en su casa. Se trataba de Silvia, la mujer de su expareja con la que había tenido un hijo que acababa de cumplir los 12 años. Su hijo sufría una enfermedad rara del todo irreversible. Julia y su marido se enteraron de ello cuando su hijo tenía apenas 2 años, y ella no quiso aceptarlo. Eso provocó tensiones en la pareja hasta el punto en que se divorciaron de malas maneras. Julia se obsesionó. Comenzó a estudiar todo lo que encontraba sobre medicina para intentar curar la enfermedad de su hijo, ya que los médicos había tirado definitivamente la toalla. Ella no quería renunciar. ¡No iba a permitir dejar morir a su hijo sin hacer nada! Por desgracia, su marido también renunció a ello y quiso restablecer su vida. Pensó en separarse de Julia. Más tarde conoció a Silvia y comenzaron a salir. Julia seguía obsesionada con salvar a su hijo, y eso aumentó las discusiones hasta que su marido, sus familiares, y su nueva pareja decidieron que Julia necesitaba ayuda. El padre pidió la custodia del niño y, debido a la insistencia de la madre para que siguiera múltiples tratamientos naturales que no iban a hacer otra cosa que empeorar la situación, un juez le prohibió acercarse más a su hijo.

El tiempo pasó, y un buen día Julia se percató de que su hijo iba a morir. Reconoció que no podría hacer nada por él y decidió irlo a ver del modo que fuera. Necesitaba hacer algo tan sencillo como despedirse de él. Sin duda, seguía siendo su hijo y tenía el derecho y el deber de poder hablar con él por última vez. De ahí que falsificara la documentación y de que se hiciera pasar por médico. No tenía elección. Además, como a su hijo le habían hecho muchas pruebas le iban trasladando de un hospital a otro. Así que Julia no tenía más remedio que buscarlo en más de un centro hasta que finalmente pudo encontrarlo en el hospital de Berga. Permaneció allí todo cuanto pudo. Le visitaba todos los días y, a escondidas, le daba aquello que más necesitaba: el cariño y el amor de su propia madre. Su hijo, que hacía meses que estaba en coma, murió dos días después de la detención, como si supiera que ya no la vería nunca más. Ella no se resistió. Y más tarde, Silvia comprendió hasta dónde puede llegar una madre por amor a un hijo.