La última prueba
Una mirada penetrante sobre los límites éticos de la exposición personal y el poder de la verdad privada. Descubre cómo la vulnerabilidad nos invita a cuestionar quién decide lo que merece ser divulgado y con qué fines.
Una mirada penetrante sobre los límites éticos de la exposición personal y el poder de la verdad privada. Descubre cómo la vulnerabilidad nos invita a cuestionar quién decide lo que merece ser divulgado y con qué fines.
Son pocos los alumnos que se atreven a estudiar la carrera de Humanidades y de Filosofía al mismo tiempo. El esfuerzo que uno debe hacer durante los cuatro años que duran ambas carreras es verdaderamente considerable, y no todo el mundo tiene el valor ni el dinero para ello. Aún así, aquel año hubo cuatro jóvenes que estaban a punto de lograrlo. Habían aprobado todos los exámenes y presentado su tesis final, sacando buena nota. Ahora, sólo les quedaba hacer un último ejercicio que los profesores les habían mandado hacer y el título sería suyo. Pero, cuando leyeron en qué consistía, sus cuerpos se estremecieron y sus almas se vinieron abajo. Tenían que quedar los cuatro en una vieja hamburguesería inspirada en los años 90, la conocida: «BK-90» situada en la calle Honduras, tomar algo y mantener entre ellos una conversación intelectual. Y eso, que era algo que solían hacer sus padres de forma habitual y con total normalidad, era algo que ellos nunca habían hecho. Su vida se había creado frente a un ordenador o a un teléfono móvil: jugando, estudiando… El mundo virtual era sin duda su hogar, muy lejos de aquella forma primitiva y deplorable en la que habían crecido sus antecesores. ¿Cómo iban ellos a enfrentarse a algo así? ¿Cómo iban a superar aquella última prueba?
El 23 de octubre de 2045, a las 21:00h de la noche, los cuatro estudiantes se reunieron frente al «BK-90». Cabe decir que tuvieron ciertos problemas para reconocerse debido a que nunca se habían visto con anterioridad. Se habían conocido hace años a través de internet, pero nunca directamente. Todos habían retocado su imagen real con inteligencia artificial, ya fuera por miedo a no ser aceptados socialmente o porque su aspecto no era del todo de su agrado. Es decir, la imagen que solían mostrar en todas sus videoconferencias y en las clases online no era exactamente la suya; por ejemplo, Eva, que era una mujer robusta y con el pelo rubio brillante, salía por la pantalla con el aspecto de una mujer mayor y con el pelo moreno y algo canoso. Tomás parecía un tipo delgado y poca cosa, pero la realidad hacía evidente que llevaba bastantes quilos de más. Al igual que Bruno, un chico pelirrojo y lleno de tatuajes al que se le veía siempre con el pelo rubio... Y, finalmente, estaba Alma, una joven con la piel tersa y reluciente que resultó ser una chica con la cara llena de granos, algo normal debido a los cambios hormonales de su edad.
Tras el típico: «¿Tú eres Bruno? ¡No me jodas! ¿Y tú, eres… tú eres Eva? ¡Ostia puta!», lograron definir quien era cada uno de los miembros del grupo de estudiantes. Se saludaron con un tímido y ligero apretón de manos, y luego apartaron sus miradas hacia la fachada del local para no sentirse intimidados. Entraron. Tomás fue el primero, y aguantó la puerta de entrada con la misma delicadez con la que cogería a un pájaro herido. El «BK-90» estaba decorado al estilo de los años 90, con sus luces de neón y el sonido suave del grunge mezclado con algunos clásicos del pop de la época. Las paredes estaban decoradas con fotografías de películas icónicas, y el aire estaba impregnado de ese inconfundible olor a hamburguesas. Se trataba sin duda de una ordinaria copia del típico Mc Donald’s, pero mucho más lúgubre y siniestro.
—Chicos —dijo de pronto Eva, poniendo su mano derecha sobre su corazón—, creo que no voy a poder hacer esto. Hay demasiada gente, demasiado movimiento… yo… no creo que vaya a poder.
Todos la observaron con cierta complicidad. Tampoco ellos se sentían a gusto en un lugar así, lejos de sus casas, sin estar frente al ordenador donde podían sentirse mucho más protegidos de aquel ambiente hostil. Allí la gente no paraba de hablar en voz alta, y pronto tuvieron la incómoda sensación de estar bajo el punto de mira de todos los allí presentes. Bruno estaba nervioso, pero también lo estaba Alma, quien el año pasado había sufrido dos ataques de ansiedad muy fuertes teniendo que recurrir de nuevo a su psiquiatra. Mientras Tomás intentaba concentrarse en su respiración, tal y como le había aconsejado su coach personal antes de asistir a aquel encuentro, Alba abrió su bolso (una imitación exacta de la marca Louis Vuitton que el año pasado había encontrado por un bajo precio en Amazon), sacó una caja de medicación y le entregó un par de benzodiazepinas a Eva, quien se las tragó de golpe agradeciéndole a su amiga aquel buen gesto.
Se sentaron en una mesa de madera que había en un rincón de la sala dispuestos a tomar algo. Bruno había comenzado a grabar todo cuanto hacían a través de su teléfono móvil de última generación, para poder demostrar a sus profesores que habían hecho el trabajo que les habían pedido. Pero el corazón les dio un vuelco al comprobar con estupor que la única manera de pedir algo para tomar era yendo a la barra y pedirlo directamente al chico que allí había. En la mesa no había ningún QR. No había robots inteligentes. No había una página web donde ver la carta… Tenías que acercarte a la pared donde, en una gran pizarra de madera envejecida había la carta, escrita con grandes letras de colores. Tenías que leerla y, una vez elegido qué era lo que querías tomar, debías ir al chico y pedírselo sin más. Pero no era suficiente; luego, debías aguardar a que te llamaran (exponiéndote todavía más a las miradas ajenas de todos los allí presentes) y, cuando tenían el pedido listo y dispuesto en tu bandeja… ¡tenías que cogerlo y traértelo tú mismo a tu mesa! No había ningún maldito robot. No había carros de servicios autónomos, ni cápsulas de entrega. ¡Aquello era un puto desastre!
Tomás comenzó a hiperventilar. Las respiraciones y los consejos de su coach se habían esfumado por arte de magia y el mundo parecía derrumbarse bajo sus pies.
—¡No podemos fallar ahora! —dijo Alma con la voz temblorosa—. Llevamos cuatro años estudiando sin parar para poder sacarnos las dos carreras... Hay que hacerlo —repetía una y otra vez asustada y sin poder parar—. Hay que hacerlo, hay que hacerlo...
—Se han pasado tres pueblos con el dichoso ejercicio de fin de curso... —susurró Bruno para sus adentros.
—¿Quieres una benzodiazepina? —Alma había vuelto a abrir su bolso en busca de ayuda y le ofreció una cápsula, haciendo evidente el temblor de su mano.
—No, Alma, gracias —le dijo agradecido—. Ya me he tomado dos antes de venir…
Bruno parecía aguantar toda aquella situación con cierta dignidad, pero tan sólo era una fachada. Llevaba pañales (unos modernos de esos que apenas se notan), y ya se había meado dos veces encima sin que nadie se diera cuenta de ello. Sudaba, eso sí. Sudaba mucho, y tras aguardar todos durante media hora sentados en silencio, lograron calmarse un poco, armarse de valor, e ir a hacer todos juntos sus comandas. Pidieron la comida, esperaron a que se la sirvieran, y cada uno cogió su bandeja y se dirigió a la mesa. Pero las desgracias se iban acumulando y, justo al llegar a su mesa, se dieron cuenta que una pareja de ancianos se había sentado alrededor de ella y se habían puesto a jugar al dominó (un juego muy antiguo que ellos desconocían por completo). No tuvieron más remedio que dar media vuelta y buscar otra mesa. Sus cuerpos temblaban de forma incontrolada por miedo a que se les cayera el vaso de cerveza o las patatas fritas por el suelo. Se dirigieron hacia una mesa que encontraron al fondo de la sala, depositar allí las bandejas y, finalmente, cayeron rendidos sobre sus correspondientes asientos. Estaban completamente exhaustos. Sus rostros reflejaban atónitos la magnitud de aquel cruel desafío al que se acababan de enfrentar... Y así permanecieron diez minutos, quietos, sin hacer nada, resoplando como si acabaran de subir a la cumbre del Himalaya y esperaran a que alguien generoso fuera a rescatarlos...
—¿Lo estás grabando todo, Bruno? —le preguntó Alma recuperando su voz poco a poco.
—Sí… Sí… —dijo Bruno mientras hacía enormes esfuerzos por encontrar algo de oxígeno a su alrededor—. Lo estoy... grabando.
Eva tenía ganas de vomitar y no tuvo más remedio (una vez recuperada), que pedir disculpas e ir al lavabo. Al regresar dijo que ya se encontraba mejor, pero era mentira. Una vez en el lavabo, la sensación de vomitar había remitido bastante, pero resurgió con fuerza al ver en la pared una máquina expendedora de preservativos. Sus padres le habían dicho que antes solía haber este tipo de máquinas por todas partes, y eso era algo que ni ella, ni el resto de sus compañeros podían entender. ¿Cómo podían sus padres tener sexo usando aquellos incómodos preservativos? ¿Cómo podían llegar a ser tan retrasados en aquella época no tan lejana? Y sólo la imagen mental de ver a sus padres utilizando aquella cosa la obligó a dirigirse corriendo al inodoro...
Alma le dio un par de benzodiazepinas más sin preguntarle a Eva qué demonios le estaba pasando. Mientras tanto, Tomás ya llevaba un buen rato intentando concentrarse para coger su hamburguesa y darle un primer bocado. Intentó recordar cuándo había sido la última vez que había comido con gente a su alrededor. Quizás fue hace cinco años, por su cumpleaños. Sí, fue allí. Aquel día hizo una excepción y salió de su cuarto para cenar con sus padres (ahora ya divorciados). Fue… curioso, pero por suerte no estuvo mucho rato. Inspiró profundamente, y mordió la hamburguesa con cierta timidez...
—¿Lo has grabado? —le preguntó eufórico a Bruno.
—Que sí joder, ¡que lo estoy grabando todo!
—¿Por qué no tenemos ya esa maldita conversación intelectual que nos han pedido que tengamos, y luego nos vamos todos a casa? —propuso Eva, quien parecía estar a punto de desmayarse tras tomarse toda la cerveza de un trago.
Todos estuvieron de acuerdo en ello y, durante cinco minutos, improvisaron una conversación intelectual que les había escrito el ChatGPT, y que luego humanizaron con Humbto para que no se notara demasiado. Todos ellos la habían memorizado con exactitud...
Cinco segundos antes de terminar la conversación, el móvil de Bruno le alertó de que se estaba quedando sin batería y se apagó. El silencio sólo reinaba en aquella mesa mientras el «BK-90» era un bullicio de gritos y movimientos: había música, y la gente de su alrededor no paraba de hablar y sonreír mientras celebraban cualquier cosa. Tomás tenía la sangre helada, y Bruno comenzó a notar cada palpitación como si el martillo de un herrero golpeara con toda su fuerza directamente sobre su pecho, quien a diferencia del yunque de acero forjado, estaba a punto de partirse en mil pedazos. Eva estaba completamente borracha, mareada, bastante confusa y aturdida, intentaba pronunciar alguna palabra pero sólo lograba balbucearla. Y Alma llevaba un tiempo con los ojos en blanco, sin duda, su fobia social había aflorado y la estaba controlando como si el mismo demonio la hubiera poseído.
Silencio. Nerviosismo. Y pánico. Minutos después, los cuatro jóvenes salían de aquel lugar a toda prisa directos hacia el hospital más cercano.
La recuperación fue lenta. Aunque el móvil se quedó sin batería, Bruno logró grabar todo lo sucedido, incluso la conversación intelectual que tuvieron. Cuando entregaron a sus profesores el trabajo por correo electrónico, éstos los aprobaron con buena nota y sin rechistar. Finalmente: habían aprobado la carrera de Humanidades y de Filosofía. Una semana después les dieron el alta y todos volvieron a sus respectivas casas; y, lo primero que hicieron, fue encerrarse en sus habitaciones, encender el ordenador, recargar sus móviles al 100% y comenzar a consumir redes sociales durante horas y días enteros. Necesitaban contar todo cuanto había sucedido a todos sus fans, sentir su comprensión, su cariño, y obtener con creces toda su admiración. Como decía William James : «El principio más profundo del carácter humano es el anhelo de ser apreciado». La gente se sorprendió cuando supieron la terrible prueba que sus profesores les habían hecho pasar para poder aprobar porque, como decía Carl Rogers: «La comunicación más profunda no es el habla, sino el tocar el alma de otro ser humano sin necesidad de palabras». Y eso es algo que precisamente todos hacemos a través de nuestros «Reels» en Instagram, en Facebook, por WhatsApp, etc. Quedar hoy en día en un sitio para hablar es del todo innecesario (por no decir peligroso), en cambio, cuando subieron el vídeo que grabaron en el «BK-90», las redes sociales enloquecieron y sus seguidores fueron en aumento; porque habían «tocado el alma de sus fans» tan sólo mostrando los hechos. Fue en ese vídeo donde pudieron demostrar la máxima de Aristóteles que dice: «El hombre es un ser social por naturaleza; fuera de la sociedad es una bestia o un dios». De ahí la importancia de estar siempre conectados con los demás a través de las redes sociales y no en la estúpida barra de un bar, expuestos a todo el mundo; porque nuestra sociedad está en el ciberespacio, y no en las peligrosas y sucias calles del exterior... Si hasta Georg Simmel hace referencia a ello cuando dice: «El individuo se vuelve él mismo únicamente a través de las relaciones sociales, de la interacción con los demás». ¿Acaso esa no es una muestra palpable de que la sociedad ha avanzado a través de internet?
Han pasado 23 años y nuestros cuatro protagonistas siguen encerrados en la habitación de su casa (nunca más han salido a la calle). La madre de Eva murió el año pasado; recibió sus cenizas dos días después del fallecimiento por Glovo. Tomás y Eva dan clases online de filosofía. Bruno es profesor de historia en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), ofreciendo cursos online y asesoramiento pedagógico a quien lo necesite. Alma murió de sobredosis hace tres años, pero una inteligencia artificial ha suplantado su identidad y, de vez en cuando, sus amigos hablan con ella a través de la plataforma «Replica AI». Los jóvenes de hoy en día viven en casa de sus padres y morirán sin salir nunca de ella; convirtiendo «su libertad» en su propio ataúd. Ya no hay peligro de salir, ni riesgo, ni aventura, ni desazón... Ellos siguen en su zona de confort, sumergidos en sus redes sociales. Como dijo Óscar Wilde: «La vida es la cosa más rara del mundo; la mayoría de la gente sólo existe». Sin duda, hemos olvidado que la vida no se mide por el número de respiraciones que tomamos, sino por aquellos momentos que nos dejan a todos sin aliento.
Hace unas semanas, en un giro del destino que solo los espíritus pueden orquestar, cayó en mis manos un legado secreto. Un paquete de confidencias, historias íntimas extraídas del corazón de la mente humana. Eran confesiones llenas de dolor, de vacío, obtenidos de las notas más privadas de nuestra psicóloga Julia Kohand. Historias de seres atrapados en la prisión de esta sociedad cada vez más digitalizada. Pero no eran simples casos de ansiedad o depresión... no, lo que leí revelaba algo mucho más profundo, más oscuro. Era el anuncio silencioso del colapso de nuestra especie.
Ante las amenazas de nuestra psicóloga y la presión de nuestro subdirector Matías Blas, todo el equipo de BambúHueco colaboró para que este artículo fuera publicado. Pero sin duda, sin la ayuda de los espíritus que rodean esta editorial no hubiera sido posible tal ardua hazaña.
Ahora, el destino ya está escrito. No todos los espíritus pueden ser salvados, pero aquellos que lean y comprendan el significado, quizá, aún tengan tiempo de romper sus propias cadenas.