Sociedad
Divorcios

Divorcio en vacaciones

Relato que nos muestra con lucidez cómo las vacaciones, en lugar de unir, pueden desnudar fracturas ocultas en la pareja.

Juan Ríos
8 min de lectura
11 Septiembre 2023
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La secretaria irrumpió bruscamente en el despacho de Begoña Cruz, psicóloga especializada en parejas y conflictos sociales. —Siento interrumpirle —dijo alterada—, pero no puedo hacer que esperen más. Desde el momento que les pedí que aguardaran en la sala de espera no han parado de discutir, luego se pusieron a chillar y, ahora, se están lanzando por la cabeza las revistas del corazón que hay en la mesilla. ¡La situación se ha descontrolado!
Sin esperar un segundo más, Begoña fue a ver qué era lo que estaba sucediendo. Llevaba años tratando a parejas que no se soportaban pero, cuando les vio en el suelo mordiéndose y arañándose como si fueran auténticas bestias salvajes se percató de que aquel caso iba a ser algo más complicado de lo normal. Entre ambas intentaron separarlos. Pero la mujer era rápida, se alzó, y con ambas manos agarró una estatua de Buda que había en una de las estanterías para arrojarla a continuación y con fuerza contra la cabeza de su marido. Por suerte, este la esquivó, sin poder evitar que impactara en su hombro derecho.
—¡Llame a una ambulancia! —dijo Begoña a su secretaria mientras el hombre chillaba de dolor y rabia.
Y así terminó la primera sesión, con el hombre en el hospital y su mujer detenida por la policía.

Unos días después la situación se había calmado: soltaron a Linda y, a Ernesto, su marido, le dieron el alta, así que intentaron retomar las sesiones de psicología. Para evitar más conflictos, aquel día les hicieron pasar directamente al despacho de la psicóloga.
—Bien, lamento que la primera sesión no fuera del todo satisfactoria. Comprendo que entre ustedes hay ciertos conflictos que debemos resolver, y espero que ustedes entiendan que la violencia no es el camino más adecuado para solucionarlos, así que vamos a empezar. Ernesto, dígame, ¿cuál cree que es el problema que tiene usted con su mujer?
—¿El problema que tengo con mi mujer? —Repitió sorprendido—. ¡El problema es que esta señora no es mi mujer!
—¿Cómo que no es su mujer? —Begoña quedó sorprendida.
—¡Yo no conozco de nada a esta señora!
—Linda, su marido dice que no la conoc…
—¡Este señor no es para nada mi marido!
—Pero… ¿Cómo que no es su marido? —Cada vez estaba más confundida.
—Lo que le digo, que yo, a este señor, ¡no lo conozco de nada!
—Ya me perdonarán… —Dijo Begoña—. Pero en su libro de familia pone que ustedes dos están casados.
Ambos miraron en direcciones opuestas y se cruzaron de brazos.
—Veamos, ignorar la evidencia no nos ayudará a resolver esto. Si quieren progresar, ambos tendrán que poner algo de su parte. Se casaron hace 14 años, justo cuando Linda quedó embarazada de su primera hija Lola. Más adelante tuvieron dos hijos más: José, de siete años años, y Luís de cinco.
Dígame, Ernesto, ¿cómo conoció a su mujer?
—En un bar —dijo refunfuñando.
—Bien, en un bar, ¿qué sucedió?
—Ella había quedado con unas amigas para celebrar su aniversario. Yo estaba en la barra tomando una cerveza cuando, ella se acercó y sin querer me la tiró al suelo.
—¿Qué más pasó?
—Al principio me enfadé. Pero empezamos a hablar y terminamos pasando la noche juntos. A partir de entonces hicimos una buena amistad y comenzamos a salir.
—Perfecto. Linda, ¿qué opinión tenía de su marido cuando lo conoció?
Linda tardó un rato en responder...
—Era un buen hombre: detallista, amable… se portaba bien conmigo.
—Bien, ¿podríamos decir que ha sido feliz con él durante todos estos años?
—¡Claro que sí! Siempre ha sido un buen padre.
—¡Estupendo! —Las cosas empezaban a tomar sentido—. Entonces el problema es…
—¡Ya se lo he dicho! —dijo Linda, furiosa. ¡Que este no es mi marido!
—¡Ni ella mi esposa! —replicó Ernesto.
—Pero si su libro de fa…
—¡Deje ya el maldito libro de familia! —dijo Linda—. ¡El hombre que yo conocí no se le parece en nada al que tengo a mi lado! Este hombre es un borracho que todas las mañanas conduce un autobús escolar. ¿Le parece esto digno de un hombre decente? Por las tardes, trabaja sin parar en un taller mecánico arreglando coches, ¡y tiene las paredes del taller llenas de calendarios con fotografías de mujeres desnudas!
—Por Dios… ¿Cuántas veces te lo tendré que decir? ¡Esos calendarios no son míos! —grito Ernesto—. En cambio, ella —prosiguió indignado—, ¡tiene un amante inglés que durante estas vacaciones vivía en un hotel a sólo dos manzanas de nuestra propia casa! ¿Cómo quiere que me lo tome? ¿Es eso digno de una madre? ¿Qué ejemplo está dando a sus hijos?
—¡Eso es mentira! —dijo Linda, mientras buscaba una nueva figura de acero para tirársela por encima. —Está bien, está bien… Relajémonos un poco —dijo Begoña—. ¿Cómo ha sido su vida hasta ahora, Ernesto?
Hubo otra pequeña pausa, hasta que por fin éste respondió.
—Cuando tuvimos a Lola, yo pasaba muchas horas trabajando en el taller y, además, todas las mañanas las tenía ocupadas conduciendo el coche escolar. Linda no tardó en volver a trabajar, ella es profesora en un instituto de secundaria, así que ambos íbamos siempre muy liados…
—Entiendo, a muchos padres, el hecho de tener un hijo les ocasiona ciertas tensiones y conflictos.
—Pues con nosotros fue todo lo contrario —intervino Linda—. Él trabajaba todo el día, y yo también.
No teníamos tiempo para cuidar de nuestra hija, así que hacía vida en casa del abuelo.
—Pero mi padre falleció cinco años después —dijo Ernesto—, el médico dijo que era por estrés…
Cuando no saben qué decir, ¡siempre lo achacan todo al maldito estrés!
—Eso trastornó nuestro estilo de vida.
—Entiendo, tuvieron que hacerse cargo de su propia hija —dijo irónicamente la psicóloga.
—¡No! ¡Qué va! —Dijo Linda—. Contratamos a una chica para que se hiciera cargo de ella: la llevaba al colegio, la iba a recoger, le preparaba la comida…
—Luego tuvimos a José, y más tarde a Luís; y, aún así, nuestra vida era placentera e íbamos haciendo.
—Tuvimos que incrementar el salario de Julia, la chica que cuidaba de nuestros hijos, faltaría más, y todos salimos ganando. ¡Nuestras vidas eran perfectas!
—Ella hacía su vida —dijo Ernesto—, yo la mía, y nuestros hijos crecían felices y sin problemas. ¡Éramos una familia estupenda!
—¡La envidia de toda la ciudad! Incluso estuvimos a punto de comprar un perro —dijo Linda.
—Disculpen… a ver si lo he entendido bien. —Interrumpió la psicóloga—. Por lo que me cuentan, su vida estaba estructurada y ambos se sentían felices con sus vidas.
—¡Así es! —Por primera y última vez, ambos respondieron al unísono.
—Y, ¿qué hacían cuando tenían vacaciones?
—Verá —respondió Ernesto—. Mi padre me dejó una gratificante herencia que hemos ido utilizando para ir pagando a Julia. Pero, por vacaciones, Julia se iba todos los años a Sevilla a ver a sus abuelos y no podía hacerse cargo de los niños, así que se nos ocurrió una idea brillante.
—Sí —prosiguió Linda, recordé que mis padres vivían en Londres y que nunca íbamos a verlos. Así que aprovechamos la ocasión y, ¡nos presentamos en su casa por sorpresa!
—Nosotros dos, ¡y nuestros tres hijos!
—¡No se puede imaginar la cara que pusieron al vernos allí de golpe y porrazo! —Dijo Linda emocionada—. ¡Un poco más y les da un soponcio a ambos!
—Por suerte, la adaptación fue muy buena —dijo Ernesto—. Todas las mañanas podía salir a pasear por la ciudad, hacer un recorrido por los pubs más importantes, y tomarme unas cervezas con calma y sin agobios. Linda, por su parte, podía practicar y perfeccionar su inglés. De hecho, fue allí donde conoció a un inglés muy elegante y donde, por culpa de él, todo empezó a torcerse…
—¡El inglés tiene un nombre! Se llama Harry. ¡Y él no tuvo la culpa de lo que les pasó a mis padres! —Disculpen… —Intervino de nuevo la psicóloga intentando hacer encajar todas las piezas…
—Verá —le interrumpió Ernesto—. Un buen día, Lola, sin querer, atropelló a su abuelo con la bicicleta: éste se golpeó la cabeza, perdió el equilibrio, se cayó y se ahogó en el rio Effra. ¡Un auténtico desastre! Nadie se enteró de lo ocurrido hasta dos semanas después. Linda, como ya le dije, había conocido a un inglés con el que entabló cierta amistad, y yo me encontraba haciendo un pequeño viaje cerca de allí: visitando iglesias, catedrales, y algún que otro pub. Y la abuela tenía tres nietos que atender y un alzheimer avanzado… así que nadie se dio cuenta de que faltaba el abuelo hasta que Lola contó lo sucedido, justo, el día en que la policía metropolitana nos comunicaba que habían encontrado su cuerpo. Y, por si eso fuera poco, dos días después encontramos a la abuela colgada de una viga de la cocina, con una nota sobre la mesa escrita por ella misma donde decía que ya no podía vivir más sin su marido. Fue una triste lección de vida para Lola, nuestra hija, descubrir que su propia abuela prefería vivir con un viejo cascarrabias de 80 años que con sus propios nietos... Pero los niños superan los traumas con suma facilidad, así que, pasados unos días, ya ni se acordaban de lo que había sucedido.
—Trastornados —dijo Linda—, vendimos la casa a un precio descomunal, cobramos la herencia y seguimos con nuestras vidas como si nada.
Begoña Cruz, la psicóloga, estaba totalmente desconcertada por la historia que acababa de oír.
—Así que, ambos siguieron trabajando cada uno en sus cosas, y Julia, imagino, regresó de Sevilla y volvió a hacerse cargo de los niños.
—Así es, hasta que llegaron estas vacaciones —dijo Linda.
—¿Qué sucedió?
—Pues que Julia volvía a estar en Sevilla.
—Intentamos que los niños se quedaran con unos tíos que tengo yo —dijo Ernesto—, pero nos cerraron la puerta en las mismísimas narices.
—Y no sólo sus tíos —dijo Linda—, también mis dos hermanos, tía Lurdes, la hermana de Ernesto, su sobrina… ¿Se lo puede creer? ¿Cómo puede ser tan egoísta la gente?
—Así que no tuvieron más remedio que pasar las vacaciones juntos — concluyó la psicóloga.
—Así es. No hubo forma de encontrar a alguien que quisiera hacerse cargo de nuestros hijos —dijo Linda.
—La verdad —dijo Ernesto—, que lo del accidente de tu padre y luego el suicidio de tu madre saliera en todos los periódicos y en las noticias... no nos ayudó en absoluto.

Y así concluyó la segunda sesión con la psicóloga especializada en conflictos de pareja Begoña Cruz. Tras unas sesiones más, el conflicto se solucionó y no llegaron a divorciarse. Sus hijos crecieron felices, aunque con ciertas dudas existenciales sobre la vida y las relaciones sociales, pero nada que no pudiera solucionarse yendo a la misma psicóloga durante bastantes años más y pagando una auténtica fortuna.

Cada vez hay más psicólogos que recomiendan que las personas casadas nunca hagan vacaciones. Los sociólogos nos advierten que la mayoría de las parejas, aún durmiendo en la misma cama, comiendo en la misma casa y teniendo relaciones sexuales de vez en cuando, no tienen ni la más mínima idea de con quién se han casado. Al principio creen saberlo (que nadie piense que la gente miente ante Dios el día de su boda), pero luego, con el trabajo de uno y el del otro, las obligaciones y las responsabilidades, todos vamos perdiendo la noción de con quién estamos viviendo. De hecho, tenemos más relación con el jefe de nuestra empresa, la secretaria o el encargado de pedir las pizzas, que con nuestro propio esposo/a. Los neurocientíficos han descubierto que cuando llegan las vacaciones, el núcleo paraventricular del hipotálamo (NPVH) puede llegar a calentarse e incluso a explotar debido a los altos niveles de estrés al que se halla nuestro organismo. Algunos filósofos creen que este es precisamente el motivo de que, hoy en día, se haya puesto de moda el poliamor. La gente tiene relaciones dispares y a tutiplén, porque no tienen tiempo para tener una relación seria con su pareja que, con los años, terminan incluso por no reconocer. ¡Algunos olvidan incluso que se hayan casado y que la mujer que hay en su casa sea su propia esposa! De ahí que hoy, con los tiempos que corren, se recomienda que no te cases y que no tengas hijos. Una de dos: o haces eso, o te quedas sin vacaciones.