Carisma
El texto transmite un tono satírico e incisivo que cuestiona la fascinación social por la persuasión y el encanto superficial.
El texto transmite un tono satírico e incisivo que cuestiona la fascinación social por la persuasión y el encanto superficial.
Su aspecto era impecable. Su rostro, bien afeitado y bañado en Creed Aventus, una exquisita colonia con fragancia de grosella negra y abedul. Su porte ostentoso, firme y seguro de sí mismo, enfundaba un traje de corte moderno y ajustado. Era el vendedor perfecto para cualquier negocio de cierta clase: inmobiliarias, venta de automóviles, productos de consumo, energías renovables, seguros, préstamos personales; y, en cada uno de dichos oficios, nuestro personaje había encandilado a media ciudad con su portentoso talento.
Solía ganarse la confianza del cliente en apenas unos segundos. Su forma de hablar excitaba el intelecto del receptor como si un manto de algodón cubriera en pleno diciembre el frío cuerpo del comprador. Éste, pronto notaba su cálida acogida, cayendo de lleno en la compleja red de estrategias empresariales de captación, que le obligaban a comprar el producto o a firmar un nuevo contrato de inmediato.
Si algún cliente se resistía, nuestro hombre insistía hasta la saciedad. Nunca se marchaba de un sitio sin programar una nueva visita. Una duda, una simple consulta, era suficiente para que se pasara horas hablando sobre las enormes ventajas de contratar sus servicios. Se lo sabía todo de memoria y, en sus ratos libres, estudiaba e investigaba a sus víctimas para poder soltar el típico comentario: «sabe, ahora me apetecería tomarme un helado de vainilla. No me diga, ¿a usted también le gusta el helado de vainilla? ¡Qué casualidad! Venga, ¡le invito a tomar uno!». Sus técnicas de persuasión eran bien conocidas por todo el mundo: «esta oferta termina mañana al mediodía, y quedan pocas unidades. Tengo varios clientes que esperan que les haga una oferta como la suya y, como comprenderá, no puedo esperar más...». Y, aún así, todos caían en sus maquiavélicas trampas.
Con el tiempo se hizo cada vez más insistente, más persuasivo, hasta el punto en que la gente le compraba cualquier cosa con el único propósito de que les dejara en paz. Él, sólo quería cerrar más y más ventas, lograr más y más objetivos; y ellos, alejarse de aquella sombra pegajosa cuanto antes mejor. Pero no había forma. La venta agresiva se había convertido en una obsesión enfermiza que rayaba lo psicótico. Si por la mañana le habías comprado una máquina para exprimir limones, por la tarde te vendía los limones y, al día siguiente, naranjas o pomelos… Todo el mundo se encerraba en sus casas para no salir a la calle y encontrárselo. Desconectaron sus teléfonos para que no pudiera llamarles. Se dieron de baja de internet para no recibir aquella avalancha de correos electrónicos que cada ciudadano recibía todos los días bajo la etiqueta de «spam». Bajaron las persianas de sus casas, corrieron las cortinas… pero aquel demonio vestido de punta en blanco insistía hasta la saciedad.
Su cadáver apareció un mes después, tirado en mitad de la plaza del centro. Justo el día antes de que le vendiera una Glock 17, una pistola ligera y fácil de manejar, al párroco de la iglesia. El párroco no se acordaba de dicha compra, y el arma del crimen nunca apareció. La policía concluyó que, aún habiendo varios agujeros de bala en su sien, se trataba indiscutiblemente de una muerte natural; el forense, por primera vez, estuvo de acuerdo en ello. Lo cogieron por una pierna y lo arrastraron en silencio hasta el tanatorio. Allí, lo metieron en un ataúd de madera sin barnizar, sin acabados, sin detalles decorativos… Está de oferta, dijo el de la funeraria, quedan pocas unidades y la oferta caduca esta misma tarde, insistió mientras los demás reprimían una sonrisa en su interior. Por la tarde cavaron un hoyo en el campo y tiraron el ataúd allí dentro con sus restos, como si se tratara de un viejo perro que hubieran encontrado muerto y abandonado. Lo cubrieron de tierra, y luego regresaron todos a sus casas como si no hubiera pasado nada.
Al día siguiente, el sol emergió más radiante que nunca. De pronto, se oyó el ruido de una persiana que se levantaba tímidamente, y luego otra, y otra más… Las cortinas de las ventanas se retiraron para dejar entrar los rayos de luz en el interior de cada una de las viviendas, y la gente, por primera vez en mucho tiempo, salió a la calle a comprar con una amplia sonrisa en sus labios.
A comprar, ¡lo que a uno le diera en gana!