¡Fallece Sergi Molina!
El relato narra la muerte del escritor Sergi Molina durante una firma de libros en la Diada de Sant Jordi en Barcelona. Molina decide ignorar las súplicas de su esposa y asistir, donde finalmente fallece.
El relato narra la muerte del escritor Sergi Molina durante una firma de libros en la Diada de Sant Jordi en Barcelona. Molina decide ignorar las súplicas de su esposa y asistir, donde finalmente fallece.
(Cap.1) Los acontencimientos
P
ese a la fuerte discusión que acababa de mantener con su mujer, decidió salir a la calle como si nada hubiera sucedido. Si sales de esta casa —le había dicho en tono amenazante—, ¡no volverás a entrar nunca más en ella! Pero él, abstraído como siempre en su peculiar mundo interior decidió no hacerle caso, sin sospechar que esta vez la cosa podía ir muy en serio.
El 23 de abril, en Barcelona, se celebra con renovado fervor la Diada de Sant Jordi. En dicha fecha la gente compra libros y regala rosas a sus seres más queridos, convirtiendo un día laboral en algo verdaderamente especial y emotivo. Las calles se despiertan llenas de paradas repletas de libros de todas las temáticas posibles, y las editoriales muestran excitantes todas sus colecciones a un público multitudinario que va desfilando a paso de procesión continuada. Los autores no quedan al margen, asistiendo y moviéndose de un lugar a otro mientras van manteniendo un contacto directo con sus fieles lectores, firmando cada uno de sus ejemplares. El bullicio es tremendo, siendo el libro el protagonista de aquella jornada llena de vida y de felicidad única en todo el mundo.
Pero su mujer no lo veía con los mismos ojos que él. Ella no quería que aquella mañana fuera a firmar libros. En medio de la conversación, le había soltado que le estaba ofreciendo una «última oportunidad». Una maldita última oportunidad, ¿para qué? Él siempre había sido un hombre trabajador que había logrado obtener un aumento de su capital de forma honrada, bajo ninguna condición hacía daño a nadie por ir a firmar libros y mezclarse con un público que tanto le admiraba. Además, ¡a todo el mundo le va bien ganar un poco de dinero extra de vez en cuando! Y ahora, ¿realmente le estaba dando un ultimátum? Por si fuera poco le había dicho que era un completo egoísta, que prefería el fugaz calor de toda aquella gente por encima del amor incondicional que ella siempre le había dado. —No vayas —le dijo una vez más con tono desafiante, y el hombre no pudo más y estalló: ¡Maldita zorra estúpida! —gritó lleno de rabia—. Pero, ¿quién te has creído que eres para decirme lo que debo y no debo hacer? —le dijo furioso, marchándose de allí no sin antes dar un fuerte portazo tras de sí. Sin duda, cuando todo aquello hubiera terminado iría al bar de siempre a tomar su ingente dosis de alcohol barato, para luego, ya más tranquilo, regresar a su casa y poner a su mujer en el lugar que le correspondía.
Comenzó a andar a paso ligero hacia la primera parada de libros, donde ya se había formado una larga cola de gente que esperaba impaciente poder lograr su firma, estrecharle la mano o hacerse una fotografía con él. No, no iba a defraudarles en absoluto. La opinión de su mujer no era relevante, nunca lo había sido y tampoco iba a serlo en aquella ocasión. El año pasado ya había ido a firmar libros y todo salió a la perfección, y es que cuando alguien saborea el enorme placer de ser aclamado por tantas personas a la vez uno ya no puede evitarlo, convirtiendo aquel acto en una adicción. Así que, empujado por un ego que crecía cada vez más a cada paso que daba, elevó su rostro sintiéndose orgulloso y comenzó a caminar hacia el lugar donde todos le aguardaban. Dejando a la vista de todos una sonrisa repleta de un inmenso placer.
* * *
Nada más llegar se encontró con el director de la editorial Zafira (editorial que había publicado hasta entonces sus mayores éxitos literarios) y con diversos escritores más, quienes, tras saludarse efusivamente y comentar varios temas sin demasiada relevancia, se situaron frente a sus ansiosos seguidores y comenzaron a firmar sus respectivos ejemplares. Uno tras otro, sin parar, mientras iban recibiendo un sinfín de elogios por parte de todos ellos.
Empezó a sentirse cansado un par de horas después, pero envuelto por la festividad y el clamor de la gente continuó firmando libros como si no sucediera nada; él, era Sergi Molina, el creador del famoso detective Pàmies, número uno en ventas de 2023. Pero pronto apareció aquel sudor frío en su frente, aquel ardor que le corroía por dentro y aquellas terribles ganas de vomitar que intentó disimular sin apenas conseguirlo. Tras firmar un ejemplar a una joven muchacha que se marchó de allí preocupada por el aspecto blanquecino de su tez y el temblor de sus manos, un joven se interpuso bruscamente en la cola y le pidió insistentemente que le firmara su última novela. La gente que aguardaba, al ver que se había colado con total descaro comenzó a increparle, contribuyendo a que su dolor de cabeza empeorara mucho más deprisa. El chico insistió de nuevo, ajeno a los comentarios que había de fondo. Por un instante creyó reconocer su voz, pero cada sonido que escuchaba era como si miles de cristales bien afilados se fueran incrustando en lo más profundo de su cerebro. Sólo oía, muy de lejos, la voz de aquel joven que no paraba de suplicarle sin parar que debía firmarle su libro. Por si aquello todavía no fuera suficiente, notó que su garganta se había secado al instante, impidiendo que pudiera pronunciar palabra alguna. El joven seguían haciendo hincapié en su demanda... Desesperado, agarró el libro de aquel joven y en la guarda escribió con una letra horrorosa: «¡¡llame a una ambulancia!!». La gente que había en la cola seguía molesta por aquella intromisión, y comenzaron a increpar al muchacho para que se retirara de una vez por todas. La frase de socorro no impresionó a aquel joven quien, en vez de pedir ayuda, volvió a insistir para que se lo firmara. Volvieron entonces las ganas de vomitar, y los mareos... Entonces, sacando fuerzas de donde apenas las había, el escritor, totalmente aturdido y descompuesto, firmó el ejemplar que tenía delante con una rúbrica horrible y se lo entregó al muchacho, señalando una vez más con su dedo índice y tembloroso la palabra «ambulancia». Comenzó a sangrar por la nariz, cinco segundos antes de que perdiera el conocimiento y de que el joven muchacho desapareciera entre toda aquella multitud. Todo transcurrió muy deprisa y, ante la perplejidad de todos los presentes se lo llevaron rápidamente al hospital donde falleció una horas después por causas desconocidas, justo en el preciso instante en que su mujer se encontraba en casa haciendo una nueva colada.
* * *
Los medios de comunicación no tardaron en publicar la noticia: «Fallece Sergi Molina, el mordaz novelista de la famosa saga protagonizada por el detective Pàmies. Su repentina muerte se produjo mientras firmaba miles de autógrafos a sus queridos fans, en plena Diada de Sant Jordi...». Horas después, todo el mundo conocía ya la triste noticia que terminaría convirtiendo aquel hermoso día en un trágico desenlace que nadie olvidaría. Movidos por el pesar y por un intenso sentimiento de tristeza, miles de personas se dirigieron hacia la parada de libros de la editorial Zafira situada en el paseo de Gracia con la calle Aragón, y fueron depositando rosas de todos los colores como muestra de afecto. Los demás escritores, y el propio editor, estaban conmocionados por lo que había sucedido, pero también ante la inesperada reacción y las muestras de afecto que todo el mundo les iba trasladando. En poco tiempo, la parada de libros de la editorial Zafira se convirtió en una especie de mausoleo, atestado por los medios de comunicación y por un inmenso rebaño de curiosos que no cesaban de aparecer por todas partes. Las redes sociales ardían y no tardaron en generar diversas hipótesis sobre el fallecido escritor: que si un posible cáncer que habría querido ocultar, que si una dependencia al alcohol o a las drogas, y múltiples conspiraciones variopintas… Los llantos de la gente inundaban las calles. Muchos compraban flores que más tardes depositarían sobre la silla donde, apenas unas horas antes, su escritor favorito se encontraba firmando libros; todo ello, en medio de un silencio sepulcral que encogía el corazón de cualquiera.
La policía tuvo que hacer un gran esfuerzo para abrirse paso en medio de toda aquella multitud y poder llegar hasta el lugar del incidente. Finalmente, localizaron al editor de la editorial Zafira, un tal Pedro Ocaña, que sin ningún escrúpulo aprovechaba la ocasión para vender con celeridad más libros del difunto autor. Mientras éste se escabullía vilmente como si todo aquello no fuera con él, la policía aprovechó para interrogar a varios de los escritores que se encontraban allí y, pasados unos minutos, un agente se vio obligado a bloquear el paso del señor Ocaña para pedirle que debían hablar con él.
—Disculpe, agente —respondió el señor Ocaña de forma educada, al mismo tiempo que recogía entre sus brazos una columna de libros del fallecido autor y los llevaba hacia un pequeño mostrador improvisado—. Como puede comprobar por usted mismo, las ventas de nuestros libros han aumentado un cuatrocientos por ciento debido a lo sucedido. Así que, si no es molestia, me gustaría pedirle que no nos distrajera demasiado ya que en este preciso instante tenemos mucho trabajo que hacer.
Aquella respuesta no llegó a sentarle muy bien al agente de policía, quien hasta entonces había tenido mucha paciencia con él. Le recordó que era allí mismo donde acababa de fallecer su escritor estrella y que sólo deseaba hacerle una serie de preguntas al respecto pero, tras insistir un par de veces más y comprobar que aquel hombre estaba más pendiente de sus ventas que no de responder a su preguntas, decidió detenerlo y llevárselo de allí esposado.
—¡Esto es indignante! —gritaba el señor Ocaña en medio de toda aquella multitud, llamando la atención de la gente que les rodeaba.
La policía intentó entonces abrirse paso para poder llegar unos metros más abajo, donde varios agentes les esperaban junto a un furgón policial, pero aquello no fue nada fácil. Los medios de comunicación comenzaron a sospechar de que el editor de la editorial Zafira podría estar involucrado con la muerte de Sergi Molina, y pronto, en TikTok, Instagram y Twitter comenzaron a hablar del señor Ocaña con el apodo de: «el editor asesino». Una voz sigilosa que fue recorriendo las calles con cierta cautela y que pronto se convertiría en un aclamado grito a voces, inundando toda la ciudad con la imparable fuerza de un tremendo vendaval. Las redes sociales acusaban sin miramientos al editor, haciendo que la gente se enfureciera cada vez más. Se sentían tan indignados por aquella tragedia, que pronto comenzaron a arrojar todo lo que iban encontrando a su paso sobre el editor (que no comprendía nada de lo que estaba pasando) y a la policía que lo custodiaba. Una lluvia de objetos contundentes cayó sobre ellos sin piedad, y un libro de más de 300 páginas impactó en la cabeza de éste dejándolo medio aturdido hasta que por fin, lograron arrastrarle y meterlo en el coche policial para salir de allí a toda prisa.
La televisión y la radio, envueltos por aquella tremenda presión social, no tardaron en decir que Pedro Ocaña era el supuesto asesino del escritor Sergi Molina, habiendo sido detenido y llevado a comisaría para ser interrogado posteriormente. Y eso, sorprendentemente, provocó que todas las librerías de Barcelona se llenaran de una gran cantidad de personas que terminaron por agotar en unas horas todos los ejemplares publicados de dicho autor.
* * *
Por la tarde, mientras la policía interrogaba al señor Ocaña en la comisaría, en un plató de la cadena de televisión TV3 entrevistaban a la viuda del escritor. Aquello se convirtió en un auténtico «Reality Show» lleno de lamentos, imágenes cruzadas del lugar de los hechos, entrevistas a pie de calle, tertulias de debate con otros escritores y críticos literarios... Unas horas después, el señor Ocaña era acusado de oponer resistencia y ocultar información a las autoridades, al mismo tiempo que la viuda del escritor salía del plató de TV3 y se dirigía al de RTVE en Sant Cugat del Vallès para volver a ser entrevistada. Más tarde iría a Betevé y, por cada entrevista que hacía en televisión, iba ganando el triple de dinero que ella solía ganar en un año entero... El señor Ocaña era un hombre de carácter y estaba furioso por el trato degradante y violento que le había dispensado la policía, así que siguió negándose a colaborar en dichas circunstancias. Debido a su negativa, no tuvieron más remedio que llevárselo a la Jefatura Superior de Policía de Catalunya situada en la Vía Laietana, donde policías más «autorizados» le harían hablar (aunque fuera a la fuerza). Mientras esto sucedía, los encargados del departamento de contabilidad de su editorial iban calculando todos los beneficios que ésta iba obteniendo gracias a la muerte de su escritor preferido.
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Incineraron el cuerpo del fallecido dos días después, tal y como había dejado escrito en su testamento. Enterraron sus cenizas en el Cementiri de les Corts, al lado del Camp Nou, mientras la joven pianista Alexandra Kuznetsova tocaba la pieza completa de: «Bohemian Rhapsody», de Queen, ante la sorpresa de los pocos familiares que tenía y de la incansable devoción de miles de sus fieles lectores. Cuando todo finalizó, ovacionaron aquel momento con un emotivo aplauso. Hacía más de 24 horas que las imprentas funcionaban a toda máquina, imprimiendo nuevos ejemplares del detective Pàmies sin apenas descansar, y, mientras tanto, las estanterías de todas las librerías de la ciudad y del mundo entero se iban llenando de nuevas ediciones, esta vez, con la pegatina de «edición especial» pegada en la solapa, con letras bien grandes y un precio exageradamente elevado.
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Aquella mañana, el sargento Gutiérrez no estaba de buen humor. Reunió en su despacho a varios agentes para informarles de las últimas novedades del caso Molina. —Señores —dijo con una actitud seria y muy preocupada—, tras ser identificado por su esposa y varios familiares y, antes de ser incinerado, el forense realizó la autopsia del cuerpo sin vida de Sergi Molina. Pues bien, hace escasos minutos hemos recibido el informe forense.
Se hizo un breve silencio en la sala.
—Por lo que parece, —prosiguió el sargento Gutiérrez—, el fallecido fue envenenado con ricino unas horas antes de morir, y eso complica de mala manera el caso de su muerte. Además, como ya sabrán, antes de morir el autor estaba firmando libros a todos sus admiradores. Pues bien, la Brigada Central de Investigación Tecnológica nos acaba de notificar que un joven de 19 años llamado Luís Fuentes puso ayer a la venta, a través de Ebay, el último libro que firmó el propio fallecido donde, además, se aprecia una nota escrita por el autor pidiendo ayuda. El ejemplar se ha vendido hace un par de horas, ¡por cinco millones de euros! Así que, tenemos trabajo que hacer…
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Encontraron a Luís tomando una cerveza sin alcohol en el 7 Portes (un restaurante muy emblemático de Barcelona lleno de turistas y cada vez más deteriorado debido al paso del tiempo). Cuando la policía irrumpió en el local éste estaba atestado de clientes, así que se llenó de tal forma que no había espacio ni para un leve suspiro. Si sólo hubieran entrado un par de policías le hubieran reconocido al instante pero, al entrar más de veinte a la vez, se llenó tanto que tardaron más de treinta minutos en identificarlo (tiempo más que suficiente para que pudiera beberse su cerveza con total tranquilidad). Le pidieron que les acompañara a comisaría y Luís no opuso resistencia alguna. Así, mientras la viuda del escritor seguía ganando dinero recorriendo las distintas cadenas de televisión, la policía interrogaba al joven muchacho. Respecto al editor de la editorial Zafira, no tuvieron más remedio que retenerlo en el calabozo de comisaría por mal comportamiento (ya que había mordido a un policía porque decía tener hambre y no le daban nada para comer).
* * *
Pero la policía no era tan necia como para no sospechar de aquella mujer que se estaba forrando a costa de la muerte de su propio marido. Así que una semana después del entierro de su difunto esposo, Elena Díaz fue invitada a ser interrogada mientras el editor de la editorial Zafira seguía retenido en el calabozo, esta vez acompañado por un joven de 19 años que había hecho el negocio de su vida. Pero eso no era todo, ya que mientras interrogaban a Elena en comisaría, varios agentes de paisano entraron (con una orden judicial) en su casa. Y allí, justo debajo del fregadero, encontraron un pequeño sobre transparente con restos de lo que más tarde el laboratorio de análisis etiquetaría como ricino.
* * *
Los medios de comunicación no tuvieron más remedio que dar la vuelta a la noticia al igual que uno le da la vuelta a un viejo calcetín. Si no habían tenido suficiente en acusar sin demasiados motivos al editor, ahora tenían a un joven que se había aprovechado de aquel momento y a la esposa del escritor como principal sospechosa de su asesinato. El mal olor que desprendía todo aquello dejó asombrado a la mayoría de «influencers», quienes no tardaron en atar cabos y anunciar una posible relación sentimental entre la viuda del escritor y su editor; aunque algunos, apostaban más por la teoría de que Luís fuera un hijo ilegítimo de Sergi. Por suerte, los diarios más convencionales, mucho más cautos hasta el momento, anunciaron la noticia de la siguiente forma: «Detienen a la mujer de Sergi Molina, el famoso escritor de novelas policíacas por el cruel asesinato de su propio esposo. La ingesta de ricino podría ser la causa de su fallecimiento. La policía inspeccionó la vivienda de Elena Díaz hallando un sobre que contenía dicho veneno, pudiendo ser perfectamente el que utilizó para envenenar a su marido».
En un instante la gente se olvidó de Pedro Ocaña (y también de todas las acusaciones sin fundamento que le habían estado arrojando salvajemente durante aquellos últimos días), concentrando toda su rabia y su ira contra la esposa de Sergi Molina. Miles de personas fueron entonces a la casa de Elena para increparla pero, por suerte, ella ya se encontraba detenida en comisaría. El señor Ocaña, quien ya se estaba acostumbrando al «curioso» trato con la ley, fue exculpado días después e invitado a irse a su casa sin rechistar, algo difícil de hacer tras haber sido torturado, según confesaría más tarde, por varios agentes de policía que iban encapuchados. Afortunadamente, al llegar a su editorial y ver la cantidad de dinero que estaban haciendo gracias al asesinato de Sergi, todo aquello pasó a un segundo plano (por no decir que se le olvidó por completo). Por lo que respecta al joven Luís, que había vendido el último libro firmado del autor, tampoco le pudieron atribuir ningún delito. Vender una pertenencia que era suya no era algo ilegal, y, además, él estaba dispuesto a declarar su ganancia a Hacienda y a pagar todos los impuestos necesarios como cualquier otro ciudadano, así que no tuvieron más remedio que liberarlo sin cargo alguno. En cambio, a Elena Díaz pronto le desapareció el falso pesar por la muerte de su marido confesando que se trataba de un auténtico cretino, que su relación estaba en las últimas desde hacía tiempo y que, en cierto modo, se merecía todo lo que le había pasado. Y, aunque ella negaba una y otra vez haberlo asesinado, digamos que todo aquello no le ayudaba demasiado... Decía que no entendía nada, que no sabía cómo había podido llegar hasta su casa aquella maldita bolsa de veneno; el único que podría haber hecho algo así, decía, era su propio marido, ¡y estaba totalmente muerto!
Durante los dos siguientes meses la policía encontró más pruebas que acusaban directamente a Elena Díaz. Un técnico informático logró acceder al disco duro del ordenador personal de Sergi Molina, y eso inquietó bastante a Pedro Ocaña, consciente de que si encontraban otra novela escrita por él podrían luego editarla y ganar una nueva fortuna… Por desgracia, esto no sucedió. Pero lo que sí que encontraron fue una serie de documentos escritos donde el mismo Sergi confesaba tener miedo de su esposa, sospechando incluso que quería terminar con su vida para quedarse después con todo su dinero. Eso encajaba con la retirada que hizo Sergi de más de la mitad de todo el dinero del que disponía en su cuenta bancaria, encontrando un tercio de éste escondido en un doble fondo de un cajón de su armario. Cuando le enseñaron dichos documentos a Elena ésta se quedó estupefacta, sin comprender absolutamente nada de todo cuanto iba sucediendo. Ella seguía insistiendo en su inocencia. Decía no haber hecho nada, que desconocía por qué su marido había sacado tanto dinero del banco y por qué habría escrito todas aquellas barbaridades... La policía, días antes, se había acercado a su vivienda y habían preguntado a sus vecinos si habían notado algo sospechoso durante los últimos meses, y algunos de ellos confesaron que todas las noches solían oírles chillar y que, últimamente, ella tenía muy mal carácter. Algunos de ellos llegaron a reconocer que Sergi les había confesado temer a su mujer... Más tarde, presionada por los constantes interrogatorios policiales, Elena confesaría haber tenido un amante al que la policía no tardó en investigar. Se trataba de un auténtico «gigoló», más inútil que una linterna sin pilas que trabajaba de camarero en un bar de las afueras de Barcelona. Según él, sólo se acostaron un par de noches y luego lo dejaron; pero además, se dio la casualidad de que su «amante» estaba de viaje a Italia justo la semana en que falleció Sergi, haciendo imposible que él le hubiera podido suministrar ninguna dosis de ricino.
Todas las pistas apuntaban claramente hacia una misma dirección: a Elena Díaz, la esposa de Sergi Molina.
El 29 de mayo de 2024 se celebró un juicio rápido, y el juez dictaminó sentencia condenando a Elena Díaz a 43 años de prisión.
(Cap.2) Un año antes...
La relación que había entre Sergi Molina y Elena Díaz comenzó a hacer aguas el día en que él descubrió que le había sido infiel con otro hombre. Aunque ella quiso convencerle de que tan sólo había sido un pequeño desliz sin importancia, el amor que había permanecido intacto hasta entonces se desvaneció de repente y no hubo forma de recuperarlo de nuevo. Alguna cosa se había roto de forma definitiva, haciendo imposible volver a aquel pasado donde la convivencia había llegado a ser tan beneficiosa para ambos. Sus conversaciones eran casi inexistentes y solían terminar en asiduas discusiones que no hacían más que ir cargando el ambiente de una atmósfera irrespirable. Por aquel entonces, Sergi comenzaba a ganarse la estima de su editor; sus libros se vendían cada vez más y la gente empezaba a mencionarlo como el posible «escritor del año». A Elena, ser la mujer de un famoso escritor le provocaba un cierto agrado que la hacía sentir cada vez más especial (aunque luego detestara a su marido). Por contra, Sergi deseaba más que nunca abandonar definitivamente aquella relación, pero era consciente de que su separación implicaba para él una pérdida económica que no podía permitirse. Así que ninguno de los dos pronunciaría nunca aquella palabra tabú: «divorcio», convirtiendo su relación en una especie de «boutique» con un lujoso escaparate exterior pero totalmente vacía por dentro. Ignorando los hechos, ambos dejaron que el tiempo fuera pasando y poco a poco les fuera corroyendo por dentro. Fue entonces cuando Sergi se sumergió de lleno en la escritura, creando la figura del detective Pàmies y escribiendo varias novelas suyas que muy pronto llegarían a convertirse en auténticos «bestsellers», y, mientras él escribía, Elena se iba gastando su dinero en elegantes vestidos y cenas con sus amigas (o al menos, eso era lo que ella le decía).
Pero un día sucedió algo inesperado. Aquella mañana del mes de abril, Sergi salió a pasear por las calles de Barcelona. Hacía un par de horas que andaba cuando se acordó de que debía comprar unos tornillos para reforzar unas estanterías de su despacho. Observó que había una ferretería a escasos metros de donde él se encontraba y entró sin pensárselo dos veces. Cuando el vendedor se le acercó para preguntarle qué deseaba ambos se observaron en silencio asombrados de lo que estaban viendo: ¡eran completamente idénticos! Tras romper el hielo y destacar la evidencia de los hechos, no pudieron evitar bromear sobre aquella casual coincidencia, haciendo el típico comentario de que quizás fueran hermanos gemelos. Se preguntaron si tal vez sus padres les habrían separado de pequeños por no querer tener dos hijos iguales, y especularon con la posibilidad de que alguna empresa secreta estuviera fabricando clones suyos sin que ellos lo supieran... Finalmente, tras pasar un rato agradable y comprar los tornillos que necesitaba, Sergi se despidió de sí mismo con un gesto afable, agradecido de haber encontrado a alguien tan atractivo como él. Pero aquella simple coincidencia se aferró en su memoria de tal forma que no podía dejar de pensar en ella. Así que, unos días después, Sergi volvió a la ferretería para hablar con aquel hombre e invitarlo a tomar algo. Quería proponerle algo que cambiaría la vida de ambos para siempre.
El vendedor de la ferretería se llamaba Gabriel, y tras escuchar atentamente la propuesta de Sergi éste la rehusó al instante. Pero Sergi insistió, y conforme iba argumentando cada vez más su relato más dudas iba teniendo Gabriel sobre su negativa inicial, llegando incluso a pensar que la idea que estaban barajando podría llegar a ser del todo plausible y acertada. Si Sergi se la ofrecía, pensó, debía ser porque estaba seguro de que podía funcionar. Tomaron unas cuantas cervezas más, y hora y media después ambos decidieron estrechar sus manos y sellar definitivamente aquel curioso acuerdo. Eso sí, cuando Gabriel llegó a su casa y se lo contó a su esposa, ésta se enfureció de mala gana.
—¿Te has vuelto completamente loco? —le dijo sorprendida por todo lo que acababa de oír—. ¿Cómo demonios te vas a hacer pasar por Sergi Molina? ¿Cómo se te ocurre ir a firmar sus libros por él en la Diada de Sant Jordi ? Sé que os parecéis mucho, es cierto, yo misma te lo he comentado en más de una ocasión pero… Es más: ¿qué va a pensar nuestro hijo de su propio padre cuando lo sepa?
—¡El no sabrá nada de todo esto porque nadie se lo va a decir! ¿Entendido? —gritó de pronto.
—Acaba de cumplir los 18 años y tiene un padre que se pasa todo el día trabajando y luego yendo al bar para tomar algo con sus amigos. ¡Casi nunca estás en casa!
—¿Ya estamos de nuevo con esas…? —dijo asqueado—. ¡Yo hago lo que me da la gana!
Gabriel se había sentido molesto ante la reacción de su mujer. No era la primera vez que le echaba en cara su forma de vida y estaba empezando a hartarse de verdad.
—¿No ves que todo el mundo se va a dar cuenta? —dijo ella suavizando el tono.
—Te equivocas Marta —le respondió mientras le mostraba una fotografía de Sergi con su mano derecha llena de sudor—. Observa —insistió—, ¡somos prácticamente iguales! Me dejaré un poco de barba, me pondré su sombrero, su reloj, llevaré sus gafas; no suele verse mucho con su editor ya que suelen trabajar a través del correo electrónico. De verdad, ¡nuestro parecido es increíble!
—¿Y qué me dices de su voz? —dijo con el rostro de aquel que de pronto descubre el secreto de un buen truco de magia.
—Fingiré estar afónico y no hablaré demasiado.
—¿Y si alguien te pregunta sobre el argumento de algunos de sus libros?
—Sergi me está poniendo en antecedentes y, además, me estoy leyendo el último libro que ha escrito.
—Pero si tú nunca lees sus libros, Gabriel... ¡Si hasta en una ocasión me dijiste que no te gustaban! —matizó sin más poniéndose las manos en la cabeza—. Y dime, ¿cómo vas a firmarlos?
—Me ha enseñado a falsificar su firma —dijo al mismo tiempo que le daba la vuelta a la fotografía y con un bolígrafo reproducía su rúbrica exacta segundos antes de mostrársela—. Elena, créeme, lo tenemos todo calculado y es imposible que nadie se dé cuenta de nada.
Hubo un silencio absurdo, ya que ella sabía de sobras que no lograría convencerlo.
—Sigo sin entender por qué no va él mismo a firmar sus propios libros —dijo—.
—Según me ha contado, y que esto no salga de aquí, está pasando por un momento muy difícil de su vida. Su mujer es una arpía que le está haciendo la vida imposible; él quiere dejarla, pero no se atreve a ello, y todo esto le provoca fuertes ataques de ansiedad e incluso una fuerte depresión que pasó hace poco tiempo.
—Creo que hace unos meses dijeron algo en las noticias —dijo ella—, pero creí que era debido a la enorme presión que recibía por parte de su editorial para publicar lo antes posible su última novela.
—No, no… ¡Era por su mujer! Compréndelo, con todo el estrés que lleva encima, sólo le falta tener que estar todo el día firmando libros. ¡Es algo agotador!
—Sigo pensando que no está bien —insistió su mujer—. Últimamente estás muy nervioso y creo…
—¡Se acabó! —dijo Gabriel dando un fuerte puñetazo sobre la mesa del comedor—. Voy a ir te guste o no, ¿entendido? No pienso desaprovechar esta oportunidad.
Gabriel clavó su mirada en su esposa a la espera de encontrar en ella un mínimo de aprobación.
—Y, ¿cuánto dices que te pagará? —dijo por fin.
Gabriel siempre había soñado en ser escritor. De joven intentó escribir alguna novela, pero su talento no llegaba mucho más allá que el de imaginar historias enrevesadas escritas con extensas descripciones que siempre aburrían al lector. Pronto se percató de que debía tomar otro camino, así que cuando le salió la oferta para ir a trabajar en una ferretería y vio que no pagaban mal, decidió aceptar el trabajo sin más. De eso hacía más de 23 años, y lo de escribir ya había pasado a un segundo plano. Por eso, ahora, tener la oportunidad al menos de poder vivir lo que se siente cuando uno es famoso y todos tus lectores vienen con fervor a verte… era una tentación demasiado grande para negarse a ella.
Sergi visitó varias veces la casa de Gabriel y fue allí donde conoció a Marta, su esposa. Ella había leído todas las novelas del inspector Pàmies y estaba completamente enamorada de ellas, pero no podía comprender que alguien como él estuviera tan decidido a embaucar a sus lectores de tal forma. En una ocasión, mientras su marido no estaba le pidió que recapacitara e hiciera frente a sus obligaciones, pero Sergi estaba convencido de llevar aquello hasta el final. Marta insistió en más de una ocasión, hasta que Gabriel se enteró y ambos tuvieron otra fuerte discusión en presencia del escritor. Finalmente, enfadado por la actitud de su esposa, Gabriel lanzó cuatro gritos de desesperación y salió de su casa indignado, dirigiéndose al bar de la esquina para tomar unas cuantas copas, algo que siempre solía hacer ante cualquier dificultad que surgía entre ellos. Sergi y Marta permanecieron unos minutos en absoluto silencio, como si ella todavía quisiera darle un breve espacio de tiempo para reflexionar sobre todo aquello. Al ver que no sucedía nada Marta rompió a llorar; sorprendido, y también algo avergonzado por toda aquella situación, Sergi sacó un pañuelo de su bolsillo que le había regalado su esposa una semana antes de casarse pero que nunca usaba y se lo ofreció.
—Lo siento —se disculpó con el rostro apenado—, mi situación con mi esposa es tan desagradable que igual me he convertido en un auténtico egoísta.
—No, no es eso… —dijo ella mientras cogía su pañuelo y se secaba las lágrimas con él—. Mi marido y yo tampoco estamos pasando por un buen momento, ¿sabe usted?
—Mi intención no era complicar más las cosas entre ustedes...
—No es culpa suya —dijo—. Cuando lo conocí no era así, pero hace unos años comenzó a salir con algunos amigos suyos y empezó a beber, cada vez más, hasta que se ha vuelto una tediosa rutina para él. Puede que en la ferretería parezca alguien dócil y agradable, pero cuando llega a casa por las noches medio borracho me es imposible reconocer al hombre con el que me casé.
—Quizás necesite ayuda...
—Es inútil —dijo con el rostro afligido—, ya lo he probado todo. Tenemos un hijo de 18 años acabados de cumplir que se avergüenza de su propio padre y que no quiere saber nada de él. Ambos intentan evitarse el uno al otro al igual que usted con su mujer. Quiero dejarle —dijo de pronto—. Hace tiempo que quiero dejarle pero tengo miedo de decírselo y que termine haciendo algo de lo que luego podamos arrepentirnos todos...
Se hizo un silencio.
—Por lo que veo —dijo Sergi dolorido—, mi situación matrimonial no difiere mucho de la de usted.
Luego se acercó a ella con suma delicadeza, cogió el pañuelo que le había ofrecido y que todavía sujetaba con fuerza entre sus manos y le secó con cuidado las lágrimas que todavía recorrían ampliamente por sus mejillas. El olor a Dolce&Gabbana que ella solía utilizar inundó sus pulmones de lleno, despertando en él una agradable sensación de bienestar. Permanecieron uno frente al otro durante un tiempo indeterminado, observándose fijamente, hasta que segundos después sus labios se unirían en un profundo beso lleno de complicidad.
El 23 de abril de 2023 Gabriel se maquilló, se vistió exactamente igual que Sergi y se pasó todo el día firmando libros sin que nadie se diera cuenta de que no era más que un auténtico farsante. Mientras su ego se hinchaba como un globo a punto de explotar, su mujer le ponía plácidamente los cuernos con el famoso escritor a quien suplantaba. Unos días después, Sergi le agradeció el servicio realizado y le pagó una buena suma de dinero, quedaron en repetir la experiencia al año siguiente. Pero mientras Sergi se despedía de Gabriel, quedaba al mismo tiempo con su mujer para verse unos días después. Los encuentros a escondidas perduraron durante todo el año siguiente sin que su marido sospechara nada. Sergi tenía claro que debía divorciarse de Elena, pero debía encontrar una forma de hacerlo sin que él perdiera gran parte de su dinero; y Marta, quería divorciarse de su marido (cada vez más borracho y agresivo) pero no se atrevía a ello por miedo a sufrir sus represalias. Pero un buen día, ambos se dieron cuenta que tenían la solución perfecta delante de sus propias narices.
(Cap.3) El desenlace.
Una semana antes del 23 de abril de 2024, Sergi volvió a encontrarse con Gabriel para formalizar el acuerdo que ambos tenían desde hacía un año. Esta vez, Gabriel se comprometía a no beber nada durante los dos días antes de la Diada de Sant Jordi, a maquillarse, a vestirse igual que él, a forzar una nueva faringitis y a pasarse el día firmando libros sin parar rodeado por el clamor de sus supuestos y engañados fans. Pero esta vez, los hechos irían mucho más allá... Sergi había estado eludiendo a la prensa durante todo el año para evitar que su figura se hiciera demasiado reconocida; así mismo, llevaba meses provocando a su mujer para que ésta entrara en cólera y se pusiera a gritar histérica hablando mal de él. Lo hacía todas las noches, mientras se encontraban en su casa... Quería forzar su relación con ella llevándola cada vez más al límite. Luego, al día siguiente, cuando se encontraba con algún vecino le pedía disculpas por si les habían oído discutir. Ellos siempre negaban con la cabeza haber oído algo (Sergi sabía que mentían), y entonces les explicaba que estaba pasando por un mal momento, que había descubierto que su mujer salía con otro hombre, que tenía serias sospechas de que quizás bebía o se drogaba, e incluso les confesó que hacía tiempo que tenía miedo de su mujer... Y ese rumor, que siempre iba acompañado de un «por favor, no se lo cuentes a nadie», pronto recorrió todo el vecindario como un gran incendio avivado por un fuerte viento huracanado.
Sergi tenía contactos, así que no le resultó difícil conseguir un sobre con una buena dosis de ricino. Extrajo la cantidad necesaria para que hiciera el efecto deseado y se la entregó a Marta dos días antes del día acordado, quien debía hacer que su marido se la tomara a la hora del desayuno. Lo tenían todo muy bien planeado. También le entregó su cartera con su carné de identidad, sus zapatos, unos pantalones que tenía en gran estima, una camisa, su colonia preferida… Esta vez no era suficiente que Gabriel se le pareciera: tenía que ser idéntico a él. Le explicaron que el año anterior, aunque no hubiera dicho nada, Sergi había tenido sus dudas de que el engaño llegara a funcionar, así que esta vez no quería correr riesgos. Gabriel, como si de una película de espías se tratara, se emocionó con su papel de protagonista y decidió ponerse su colonia, sus zapatos... Marta le regaló unos pantalones y una camisa a Gabriel, sin que él se percatara de que en realidad también eran de Sergi. Y, el día de Sant Jordi, mientras Gabriel desayunaba e ingería la dosis de ricino que horas más tarde causaría su muerte, Marta intercambió la cartera de Sergi con la de su marido (un pequeño detalle que también le habían ocultado). Pero faltaba uno de los detalles más importantes: unos días antes, Sergi había dejado sobre la mesa de su casa una bolsa pequeña con varios billetes de cien euros. Tal y como esperaba, cuando su mujer regresó ya de noche le contó que había cogido los doscientos euros para ir a hacer la compra y comprar alguna cosa más (algo muy propio de ella, ver dinero y apoderarse de éste como si todo le perteneciera), sin saber que era eso precisamente lo que Sergi esperaba que hiciera. Por la noche, mientras Elena dormía, él se levantó de la cama y se dirigió al comedor. Se puso unos guantes, recogió la bolsa con sumo cuidado y la llenó del ricino que le había sobrado, no sin antes esconderlo bajo el fregadero de su cocina para que la policía la encontrara. Luego, volvió al dormitorio sin hacer ruido y durmió toda la noche como si no hubiera sucedido nada.
La mañana del 23 de abril de 2024, Marta sintió pena por su marido. Le pidió una vez más que no fuera a firmar los libros de Sergi dándole así una última oportunidad; pero terminaron discutiendo, dándose cuenta una vez más de que su marido no tenía remedio… El plan funcionó a la perfección. Cuando los síntomas del veneno se hicieron evidentes unas horas después, Gabriel fue llevado al hospital y todos creyeron que se trataba de Sergi. Todo el mundo hablaba de su muerte: el cadáver era idéntico a él, llevaba su cartera y su DNI, y cuando su mujer tuvo que identificarlo en la morgue no tardó ni diez segundos en afirmar que efectivamente se trataba de su marido, mientras pensaba en la fortuna que estaba a punto de heredar. Pero Sergi conocía bien a su esposa y sabía lo codiciosa que era, así que estaba convencido de que ella intentaría sacar todavía más tajada de todo aquel asunto. Cuando la policía se percató de que iba a todos los programas de televisión y de radio para hablar de la muerte de su esposo, comenzaron a sospechar rápidamente de ella y, al registrar su casa y encontrar la bolsa de ricino con sus huellas dactilares, no dudaron en acusarla por homicidio.
Gabriel había muerto, aunque todo el mundo pensara que quien había fallecido era en realidad el famoso escritor llamado Sergi Molina. Para ir a firmar libros y luego poder descansar un poco, Gabriel había pedido una semana de vacaciones en la ferretería donde trabajaba, tiempo suficiente para que Sergi se retocara un poco la nariz, se pusiera un poco de bótox (nada, poca cosa) y todos creyeran ya de por vida que él era el auténtico Gabriel. En una ocasión, tras tomar unas copas con Gabriel, Sergi cogió su vaso y se lo llevó. Como dije, ser escritor hace que tengas muchos contactos, así que llamó a alguien «turbio y desconocido» que, por un precio desmesurado y gracias a una tecnología especial, logró falsificar las huellas dactilares de Gabriel en una especie de moldes casi invisibles al ojo humano. El tumulto de gente que hubo tras su falsa muerte, la presión de los medios de comunicación, de sus fans… Sergi sabía que todo aquello obligaría a la policía a cerrar el caso lo antes posible e incinerar su cuerpo. Y eso, dificultaría todavía más su identificación en caso de ser necesario.
Y así quedó todo: Elena Díaz había sido condenada y encerrada en prisión. Sergi se había encargado de sacar más de la mitad de su dinero del banco, en efectivo, para que Elena no se quedara con todo y para poder pagar en negro al tipo que le había falsificado las huellas dactilares de Gabriel. Marta, la mujer de Gabriel, que llevaba una relación en secreto con Sergi desde hacía un año escaso se había liberado para siempre de su verdadero marido, sustituyéndolo por otro mucho más de su agrado. No hizo falta pedirle el divorcio, ni arreglar papeles, ni líos adicionales… Matarlo y sustituirlo por Sergi había sido suficiente. Lo de la ferretería era pan comido. El padre de Sergi había sido electricista y fontanero durante toda su vida, así que Sergi había aprendido muchas cosas del oficio. Además, con el tiempo, había estado interrogando a Gabriel sobre su jefe, sus compañeros de trabajo, y había ido anotando todas las peculiaridades de cada uno de ellos.
Pero quedaba el problema del dinero. Marta no era precisamente una persona rica, y Sergi se había gastado todo el dinero que había podido sacar del banco con lo de las huellas dactilares… ¿Tendrían entonces que vivir sólo con lo que él ganara de la ferretería? Cuando Marta y Sergi le contaron lo que pensaban hacer a Luís, el hijo de Marta, éste no dudó en ayudarles. Estaba harto de su padre: de sus borracheras, de sus gritos y paranoias, de sus amenazas… Así que aquella mañana se recogió el pelo, se puso unas gafas de sol y una gorra que hacía poco se había comprado en el mercadillo, y se dirigió hacia la parada de libros donde su padre firmaba sin parar los ejemplares de Sergi. Se situó cerca de la cola, en un lugar estratégico, y esperó a que los efectos del ricino comenzaran a hacerle efecto. Cuando vio que su padre estaba en las últimas, se coló en la cola y le pidió con voz ronca que le firmara la última novela del detective Pàmies. Por un momento creyó que lo había reconocido, pero Gabriel estaba demasiado aturdido para ello. Así que, rodeado de todo el mundo, insistió varias veces hasta que su padre se lo firmó, un instante antes de que se desmayara. Era importante que todos vieran a aquel joven atrevido colarse en la cola y que la gente lo grabara con sus móviles para denunciar su desfachatez, dejando así constancia de que aquel era el último libro que había firmado el autor y aumentando el valor económico de éste. Luego, Luís lo vendería por cinco millones de euros en Ebay. Cinco millones que, tras pagar los impuestos del estado, se repartirían entre Luís, Marta y el propio Sergi (ahora llamado Gabriel), estableciendo finalmente, lo que podríamos llamar una verdadera familia feliz.
Es increíble ver cómo una simple noticia puede llegar a dar tantos giros y terminar con un final tan sorprendente. Por eso, cuando Juan Ríos (totalmente desesperado) me pidió ayuda, no dudé ni un instante en echarle un cable. Era más que evidente que la noticia le quedaba grande para él, y solo una profesional como yo podía llegar al fondo del asunto. El proceso de investigación fue verdaderamente duro, pero al final hemos podido publicar toda la verdad de los hechos gracias a mi tenaz persistencia, algo, que ningún otro periodista hubiera logrado jamás. Estoy muy satisfecha porque sin mí, esto no hubiera salido nunca a la luz.